martes, 5 de febrero de 2008

13.

Eduardo volvió a llenar las copas y pareció tomar valor para iniciar una explicación que no quería dar, entonces vio las luces rojas de un patrullero a través de los vidrios mugrientos del bar, se puso de pie con violencia y desplazó un poco la mesa, dijo-Vamos, tenemos que irnos.
Tomás vio como el porrón se tambaleaba buscando restablecer su equilibrio variando entre varias tonalidades y formas hasta recuperar su definición primitiva, entonces comenzó a empequeñecerse, manoteó el sobre que guardaba el cuaderno. Eduardo lo había tomado del antebrazo y lo arrastraba con insólita fuerza hacia la barra; el encargado levantó un extremo y Eduardo lo condujo hasta una cocina diminuta. Entonces puso preguntar-¿Qué pasa?
-No es casualidad que la policía esté aquí, seguime.
Eduardo tomó una llave que pendía de un gancho en la pared y la introdujo en la cerradura, la giró y abrió la puerta; salieron a un jardín delimitado por paredes bajas. La luz del alumbrado público destacaba la silueta de los árboles y plantas; la noche era húmeda y una niebla liviana flotaba en el aire, de fondo se escuchaban los motores de los vehículos que circulaban por la avenida. Tomás se sintió mareado por el frío y trastabilló.
-Vamos, muchacho, no se me caiga ahora, por allá –dijo Eduardo señalando la pared de la izquierda- tenemos que saltar –se aferró del borde superior de la pared y con un solo impulso consiguió montar la pierna derecha sobre el borde; paso las dos piernas del otro lado y saltó.
Tomás plegó el sobre, se lo puso en el bolsillo de la campera e intentó repetir el procedimiento de Eduardo, notó avergonzado que su estado físico no era tan bueno como el del viejo (o al menos su habilidad para saltar paredes). De todos modos al cabo de tres intentos consiguió elevarse y saltar del otro lado. –¿Y ahora? –preguntó frotándose las manos raspadas.
-Ahora intentaremos alejarnos escondiéndonos en la sombra de los árboles.
Caminaron hacia la esquina en silencio, Tomás notó que la marcha y el miedo disipaban rápidamente los efectos del alcohol. Antes de llegar a la bocacalle Eduardo le hizo una seña para que se detuviera, avanzó solo, se asomó y dijo-Parece despejado, vamos por acá –y se dirigió hacia la izquierda.
-¿Por qué le preocupa tanto la policía?
-Pueden habernos visto juntos y ya saben que no volvió al hotel.
-Nadie me hablo de limitaciones para circular…
-Vamos, muchacho, ahora no se haga el ingenuo.
Tomás debió admitir que Eduardo tenía razón aún cuando sólo la mitad de lo que él creía saber del lugar fuera cierto.
-Tendré que refugiarme en la embajada entonces.
-No creo que tenga que ponerse drástico tan rápidamente.
-Usted sabe que no lo sé.
-Lo sé, y de eso se trata, de lo que usted esté dispuesto a arriesgar para saber Más; ¿usted es periodista, no?
-No arriesgo demasiado en mi profesión, soy periodista de espectáculos…
-Es cierto, no arriesga mucho, ¿cuál es su especialidad?
-Cine y teatro.
-Y nunca había leído una obra de su abuelo…
-No.
-Esta noche puedo hacer que sepa más de su abuelo y de Malabrigo si se anima a correr el riesgo…
Antes de que Tomás pudiera decidir sobre la propuesta oyeron una sirena que se acercaba y el haz de un reflector barrió la calle buscándolos.
-Atrás del árbol, atrás del árbol! –gritó Eduardo y Tomás vio aturdido cómo se abría el saco y sacaba un revolver, oyó el sonido de un motor que se acercaba y vio que un patrullero se detenía, dos agentes bajaban del auto y los apuntaban. Pensó en Alicia y en la posibilidad de no verla de nuevo y el miedo fue reemplazado por una indignación rotunda. Estaba harto de ese lugar maldito. Comenzó a caminar decidido hacia el auto.
-¿Qué hace, está loco?, Cúbrase, no sea idiota, ¡cúbrase! –gritó Eduardo con desesperación.
Vio como un agente fijaba su mira en él y se aprestaba a disparar, luego fue arrojado con violencia hacia la derecha, oyó el silbido del proyectil y el estruendo de la explosión. Luego dos relámpagos y dos explosiones a la izquierda; uno de los agentes cayó tomándose el pecho y el otro corrió para refugiarse en el auto.
Eduardo volvió a disparar y los cristales del lado del conductor estallaron, el auto avanzó apenas y se detuvo con el motor aún en marcha.
-¿Qué hizo? –preguntó Tomás con voz débil.
-Terminé con dos asesinos –explicó con tranquilidad Eduardo al tiempo que recargaba el tambor del arma con municiones que había sacado del bolsillo del saco -Mejor que salgamos de aquí rápido.
-¿A dónde?
-Si llegamos a la avenida y conseguimos un taxi podremos evadir a la policía. La conmoción cuando encuentren a estos dos los va a tener paralizados un buen rato.

lunes, 4 de febrero de 2008

12.

Oyeron el motor de un avión sobre ellos y vieron su destello plateado en el aire claro de la mañana.
-Parece que ahora están apurados –dijo Ojeda.
-Por ahí tiene que ver con cómo van las cosas en el Oeste.
Vieron como el pequeño aparato volaba sobre la posición que debían tomar, giraba y volvía a sobrevolarla.
-Al menos el piloto parece un tipo responsable –dijo Bracco.
Observaron el avión evolucionar hasta que volvió a pasar sobre ellos y se alejó hacia la retaguardia; un soldado se acercó, los saludó y dijo-El observador aéreo informa que no hay presencia enemiga en la posición pero que hay movimiento de vehículos enemigos hacia aquí a aproximadamente veinte kilómetros.
-Ya me imaginaba yo que no podía ser tan sencillo.
-Vamos, Ojeda, tomemos esa colina y después veremos.
La mañana era fresca, y a pesar de la batalla del día anterior, podían verse matas de flores silvestres, tréboles y cardos mojados por el rocío entre los desniveles producidos por las explosiones y de vez en cuando el canto de un jilguero se colaba entre el sonido de la máquina de guerra que avanzaba; percepciones que contrastaban con la imagen y el hedor de los tanques calcinados y los cadáveres abundantes y no siempre enteros.
Al cabo de media hora de marcha el jefe del primer pelotón alzó su mano derecha para indicar que el lugar estaba libre de enemigos, entonces el resto de la tropa inició el ascenso.
Bracco le pidió al radio operador que lo comunicara con el coronel Fuentes y le informó que el objetivo había sido tomado y que el enemigo avanzaba hacia allí. Hubo un silencio en la línea y Fuentes dijo-Capitán, tendrá que mantenerse en la posición hasta que reciba refuerzos.
-¿Cuánto tiempo?
-Ya se lo dije, el que sea necesario.
-Comprendido.
Bracco cortó la comunicación y se quedó inmóvil, luego ordenó a un soldado que convocara a los oficiales y suboficiales, cuando estuvieron reunidos les contó la orden recibida y continuó-Mantener la defensa en un solo punto sin saber cuándo recibiremos refuerzos es para mí una táctica suicida.
-¿Qué propone entonces, capitán? –preguntó un joven teniente que había llegado después de la batalla.
Bracco lo miró con atención preguntándose cuánto tiempo de vida le quedaba al entusiasta muchacho y explicó-Organizaremos una defensa escalonada a lo largo de la ruta que tenga como punto final esta colina, intercalaremos pelotones con fusiles, ametralladoras y antitanques que puedan generar fuegos cruzados y que, a medida que sean superados puedan replegarse hasta aquí.
Asignó la ubicación de los pelotones, de los refugios en la colina y caminó con los soldados a cargo de los morteros hasta encontrar el lugar más adecuado para ubicarlos. Desde allí dominaban visualmente el camino, una cinta de pavimento que se extendía en forma más o menos rectilínea por unos ciento cincuenta metros hasta desaparecer en una brusca curva a la derecha, a los costados aparecían pinos y eucaliptos que llegaban muy cerca del pavimento y daban la sensación de invadirlo unos metros antes de la curva.
Le preguntó al suboficial a cargo de la sección de morteros si podía hacer blanco en el punto en el que los árboles avanzaban; el hombre observó el lugar, resopló y dijo-Claro que podemos, pero esa zona está muy cerca del primer pelotón.
-Tendremos que correr el riesgo, el primer pelotón es el que mejor cubierta tiene, si ellos son sobrepasados no aguantaremos demasiado…
Luego la espera, recorrió la posición, habló con los soldados, ironizó con Ojeda sobre la situación ante la mirada sorprendida de los oficiales más jóvenes y cuando ascendía hacia los morteros oyó el tableteo de las ametralladoras pesadas del primer pelotón; corrió hasta el puesto y se volvió hacia el camino. Un grupo de tanques apoyado por tiradores había tomado la recta y el puesto más adelantado de la defensa hacia fuego sobre ellos.
Un mortero disparó y la granada cayó entre los atacantes y los defensores, Bracco gritó-Mayor distancia, mayor distancia, carajo!
Los servidores ajustaron el ángulo de tiro y esta vez batieron el terreno donde avanzaba el enemigo; dos tanques se detuvieron obstruyendo el paso y el tercero giró su torreta tratando de hacer puntería sobre el primer pelotón. La explosión levantó una nube de humo y polvo y un gran eucalipto cayó incendiándose sobre el camino, un grupo de hombres salió de entre la vegetación y corrió retrocediendo, el cañón volvió a girar buscándolos.
Un poco más de una hora después había tres tanques destrozados en el camino pero los primeros pelotones de defensa se habían replegado a la posición del tercero y recibían fuego intenso de ametralladoras; Bracco reservaba la munición de los morteros ante la posibilidad de un nuevo avance de blindados.
Graduó los prismáticos para intentar ubicar con exactitud la posición enemiga, pero fue inútil, estaban más allá de la curva y sólo podía especular sobre su ubicación siguiendo el recorrido rojizo de las trazadoras que eran disparadas sobre sus hombres. Observó a un suboficial que estaba fumando en silencio sentado sobre una caja de municiones con expresión pensativa y se preguntó en qué podía estar pensando y se le ocurrió que la vida de todos ellos estaba entre paréntesis, suspendida en tanto el mecanismo en el que estaban insertos no se moviera.
-Capitán.
Se volvió y vio a Ojeda juntó a él -¿Cómo está, sargento?
-Bien teniendo en cuentas las circunstancias.
-¿Novedades de la brigada?
-Exigieron silencio de radio por las próximas dos horas.
-Ah, bien. –Bracco sacó un cigarrillo del bolsillo de la chaquetilla y lo encendió, exhaló el humo de la primera pitada y dijo-Dos horas…
-No es mucho tiempo.
-O es demasiado.
-¿Usted cree que para los ciegos el tiempo transcurre igual que para nosotros?
Bracco rió durante unos segundos y dijo-Ojeda, a veces exagera la sutileza…

-Pocos de esos infelices sobrevivieron –explicó Eduardo con amargura- fueron ofrecidos como prenda de paz por Malabrigo.
-¿Por qué?
-Hubo presiones internacionales, dos compañías petroleras amenazaron con retirar sus inversiones y Azuria exigió una reparación para restablecer el equilibrio bélico…
-¿Qué pasó entonces?
-El gobierno dio la posición exacta de ese destacamento, su logística y poder de fuego… después, claro, los declararon héroes nacionales e instauraron un fecha oficial para conmemorarlos. El coronel Fuentes se suicidó casi de inmediato, no supo que estaba iniciando una tendencia…
-Y usted cree que así comenzó todo…
-No, creo que lo que te conté fue solo el rebrote de algo que estuvo presente desde los inicios…
-¿Qué es Malabrigo?

11.

a inicios de la década del ¨50 Malabrigo libró una guerra, a la que se le prestó poca atención, tal vez porque fue contemporánea a la guerra de Corea o porque se desarrollo entre dos menores países sudamericanos… Esto no tiene sentido, esto no tiene sentido pensaba el capitán Bracco mientras recorría las trincheras quitando las chapas de identificación a los cadáveres. El fuego enemigo había cesado con la misma celeridad con la que se había iniciado y el cielo de mediodía se veía límpido, sin una nube, con un sol poderoso que aplastaba contra el suelo polvoriento a los sobrevivientes.
El sargento Ojeda comentó-Esto es una locura, una completa locura, sólo estamos vivos por la ineptitud de los azurios, si lanzaran un ataque aéreo ahora se terminaría la historia.
-No estamos aquí para juzgar la decisión del comando –respondió Bracco con severidad, pero luego agregó- aunque estemos en lo cierto.
-Capitán, estamos aquí por un capricho y usted lo sabe, esta posición es completamente irrelevante para el desarrollo de la batalla…
-No sabía que había estado releyendo manuales de estrategia…
El sargento sonrió con tristeza.
-Vea, sargento, esto me gusta tanto como a usted y lo sabe… -Bracco guardó las placas en el bolsillo superior de la chaqueta y dijo-Vamos, tómese un descanso.
Caminaron en silencio por la trinchera hasta el puesto de comando: un cuadrado excavado en el cauce de un riacho seco y techado con paños de carpa; había allí una mesa, sillas, un episcopio y una radio. El radio operador, con los auriculares colgando del cuello giraba el dial del aparato recorriendo las frecuencias.
-¿Alguna novedad? –preguntó Bracco mientras tomaba una caramañola y se la ofrecía a Ojeda.
-No, capitán, mantienen un silencio de radio absoluto.
-Ojalá eso fuera bueno. –dijo Ojeda y se secó los labios con el dorso de la mano.
Un soldado entró, saludó, se sentó a la mesa y desplegó un cuaderno.
-¿Cuántos tiene registrados? –le preguntó Bracco.
-Veinticuatro hasta ahora, señor.
Bracco sacó las placas del bolsillo de la chaqueta y las dejó sobre la mesa-Tendrá que actualizar su registro.
-Muy bien –aceptó el soldado con resignación.
-No es su culpa, usted sólo tiene que informar.
-Lo sé, pero no es un trabajo agradable…
-No lo es estar acá, soldado.
La línea de trincheras dominaba una hondonada por donde corría lo que había sido una ruta de pavimento y ahora aparecía como el esbozo de una línea gris que alguien hubiera trazado con mano inexperta y titubeante, interrumpida por hoyos y cráteres como borrones. Más allá se elevaba una colina que había estado cubierta de pinos y cipreses y era ahora una fortaleza guardada por un terraplén protegido por sacos terreros; allí estaba el enemigo con sus morteros y cañones.
-¿Cuántos heridos? –preguntó Bracco.
-Cincuenta, señor, todos fueron trasladados.
-¿Qué hay de los cuerpos?
-Dijeron que no tenían suficientes vehículos para trasladarlos.
Bracco se dirigió al radio operador-Comuníqueme con el mando de brigada.
El soldado giró el dial hasta la frecuencia asignada, presionó dos veces un pulsador rojo y alcanzó el tubo al capitán.
-Mando de brigada, coronel Fuentes.
-Aquí, líder Bracco.
-Adelante.
-Tenemos casi ochenta bajas de combate, evalúo que no podremos resistir otro ataque de artillería, solicito autorización para iniciar el repliegue.
-Autorización denegada, en veinte minutos iniciaremos un ataque aéreo, deberá aguantar hasta entonces.
-Insisto, no podremos resistir ese tiempo si reinician el fuego de artillería.
-No tiene otra opción, capitán, no podemos ceder ese punto mientras tengamos alguna posibilidad de retenerlo.
-¿Y qué hay de nuestra artillería, por qué no contra atacó, dónde esta el fuego de apoyo?
-Limítese a cumplir con su deber, capitán, sepa que tampoco es fácil mi posición.
-Lo haré como siempre lo he hecho. –respondió Bracco y cortó la comunicación. Se quedó pensativo unos segundos y se volvió hacia Ojeda que lo observaba atento.
-Sargento, recorra la línea y ordene a los soldados que permanezcan en silencio y que no se dejen ver; por ahí conseguimos hacerle creer que abandonamos la posición…
-Pero entonces intentarán tomarla.
-Les tomará un tiempo organizarse y empezar la carrera, el tiempo que necesitamos para que la aviación o la artillería haga algo por nosotros…
-No resistiremos un ataque masivo de infantería…
-No, pero tampoco una nueva batida de artillería.
Ojeda sonrió con amargura-La sartén o el fuego…
-Espero que no se les ocurra mandar una patrulla de reconocimiento…
-Capitán, usted sí que sabe cómo levantarme el ánimo.
Ojeda se retiró para recorrer la posición y Bracco se dedicó a observar al enemigo a través del episcopio: nada, ningún movimiento, como si ellos también intentaran demostrar que se habían retirado.
El soldado que llevaba los registros preguntó-¿Capitán, tenemos alguna oportunidad?
-Alguna, soldado, alguna. Deje esa lapicera y venga aquí, será nuestro observador, cualquier movimiento, por mínimo que sea infórmelo. Radio operador, esté atento, si su compañero informa de alguna novedad comuníquela de inmediato a la brigada. Yo voy a recorrer la posición.
Bracco salió del refugio y caminó hacia la izquierda. Los soldados estaban sentados en el piso con los fusiles sobre las piernas; hablaban en voz baja, leían cartas ajadas y mugrientas y los que podían dormitaban. Saludaban con respeto al capitán y corrían las piernas para permitirle el paso, se veían más resignados que nerviosos.
Una vez que recorrió la primera línea de defensa Bracco se agachó y se metió en un túnel que permitía el acceso a la segunda. Vio entonces que los cadáveres se habían dispuesto en una hilera contra la pared posterior y estaban cubiertos con mantas; siguió caminando y se encontró con Ojeda y otros dos suboficiales que conversaban formando un grupo apartado de la tropa.
-¿Todo bien, señores?
-Sí, señor. Los hombres están ansiosos pero son disciplinados-respondió uno de los suboficiales.
-Somos buenos, somos demasiados buenos y el comando lo sabe. –comentó Ojeda con bronca.
-¿Por qué lo dice, Ojeda? –preguntó Bracco interesado.
-Hace una semana nos enviaron marchar sobre esta posición, no pensaron que lo conseguiríamos tan pronto, no les dimos tiempo para organizar el apoyo… nos hubiéramos demorado un poco y habríamos contado con la artillería y la aviación a tiempo…
-Puede ser. –admitió Bracco-Aunque no es bueno pensar en lo que podría haber sido… sólo sirve para amargarse…
-Ese soy yo. –dijo Ojeda sonriendo.
-No, Ojeda, créame, lo suyo no es amargura.
Un soldado salió del túnel y se acercó a ellos-Capitán, el observador informa de movimientos.
-Venga conmigo, Ojeda; cabos, la orden sigue siendo la misma.
Los dos caminaron hasta el puesto de mando y encontraron al observador girando el cilindro del episcopio.
-¿Qué ve, soldado?
-Tres exploradores con prismáticos.
-Habían resultado desconfiados los muchachos. –comentó Ojeda.
-Ojalá lo sigan siendo, necesitamos más tiempo; soldado, ¿podrán ver el episcopio?
-No creo, señor, está bien enmascarado.
Ojeda escuchó con una sonrisa irónica la nueva conversación de Bracco con el comando de brigada y su reclamo del prometido ataque aéreo previendo el resultado, al terminar el capitán preguntó-¿Y Ojeda qué piensa, cómo podría empeorar nuestra situación?
-La verdad que no sé, voy a pensar algo…
El observador dijo-Vea esto, señor.
Bracco se inclinó sobre el episcopio: Cinco tanques descendían el terraplén y se dirigían en formación de cuña hacia ellos. Le hizo una seña a Ojeda para que se acercara y observara, luego preguntó-¿Qué ve?
-Un escuadrón de Charb 5, con grupos de tiradores de apoyo.
-¿En cuánto tiempo estarán aquí?
-Unos diez minutos, más o menos.
-Entonces fuego a mayor alcance.
Ojeda movió la cabeza en un gesto que era a la vez de resignación y acuerdo y marchó a transmitir la orden a los soldados, Bracco se dedicó a observar el avance enemigo.
El fragor de los antitanques y el tableteo de las ametralladoras pesadas quebró el aire de la tarde; dos tanques estallaron casi al unísono, algunos tiradores de apoyo fueron despedazados por las explosiones.
-Alto el fuego, alto el fuego-la voz de mando recorrió la posición, se instaló un silencio expectante mientras se disipaba el humo del ataque. A través del humo los tanques indemnes forzaron los motores pugnando por alcanzar su objetivo, un poco más atrás asomaban las torretas de otros que comenzaban a trepar el terraplén.
-Fuego-ordenó Bracco. Sabía que eran incapaces de detener el avance de un escuadrón completo de tanques pero tenían alguna oportunidad si los mandaban por secciones de cinco. Entonces vio como uno giraba su torreta y apuntaba su cañón hacia él, y por unos segundos el tiempo pareció suspenderse-Abajo –gritó.
La explosión se produjo un par de metros delante del puesto de mando arrojando tierra y fragmentos de pavimento hacia la posición; los defensores dispararon un proyectil que cortó la oruga del tanque, este giro a la izquierda y expuso su flanco derecho. Otro proyectil impactó contra la base del cañón y lo despegó de la torreta.
-Capitán, sólo quedan diez proyectiles antitanques.
-No los desperdicien. –Bracco abandonó el puesto de mando y comenzó a recorrer la posición, pasó detrás de los hombres que disparaban las ametralladoras asistidos por los servidores que alineaban la cinta y vio a los fusileros que esperaban la orden para comenzar a disparar, entonces algo lo arrojó con violencia al piso y lo dejó aturdido durante unos segundos. Cuando pudo ponerse de pie ayudado por un soldado vio que el puesto de mando había desaparecido y no pudo evitar imaginar que quedaba de los soldados que habían estado ahí.
-Los tanques siguen avanzando, capitán. –dijo con desesperación el soldado que lo había ayudado a incorporarse.
Los obuses silbaron por encima de la posición y el campo adelante estalló en rojo, negro y ocre; los tanques y soldados enemigos desaparecieron en fuego y humo.
-Parece que se acordaron de nosotros, capitán. –dijo el soldado con alivio.
-Eso parece. –dijo Bracco pensativo, pendiente de la respuesta de la artillería enemiga; entonces con alivio oyó el zumbido de aviones que se acercaban desde atrás; pronto superaron la posición y comenzaron a bombardear al enemigo.
Un silencio inaudito aturdió a Bracco, los aviones habían desaparecido y columnas de humo se elevaban desde la posición enemiga, Ojeda dijo-Estuvimos cerca.
-Algunos mucho más… -respondió Bracco recorriendo con la mirada lo que quedaba de la posición.
Un soldado anunció-Se acercan vehículos desde la retaguardia.
Bracco y Ojeda caminaron hacia la segunda línea de la posición y vieron que se acercaba una columna de vehículos: al frente venían dos tanques pesados, detrás ambulancias y camiones de transporte de tropa.
-Ellos sí que saben protegerse –comentó Ojeda.
-Seguramente viene algún oficial del comando.
La formación se detuvo y Bracco y Ojeda salieron de la trinchera y caminaron hacia los vehículos. En el tanque más próximo se abrió la escotilla de la torreta y un hombre delgado y canoso salió y salto a tierra: el coronel Fuentes.
Los tres hombres se saludaron militarmente y permanecieron en silencio observándose; el coronel dijo-Ha hecho un buen trabajo, capitán.
-No ha sido fácil.
El coronel sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo superior de la chaquetilla y se los ofreció, Bracco tomó uno y Ojeda rechazó y agradeció la invitación. El coronel encendió el cigarrillo de Bracco y luego el suyo, aspiró la primera pita, la exhaló y dijo-Vea, capitán, no crea que no comprendo su situación; pero considero que tanto usted como el sargento tienen que saber algo más para evaluarla en forma adecuada… -hizo una pausa, aspiró otra pitada, y sin mirarlos dijo-Se abrió otro frente en el Oeste.
Bracco y Ojeda se miraron confundidos.
-Sí, señores, hubo un ataque sorpresivo anteanoche, la división tuvo que ser reasignada. Sólo después de asegurarnos la contención allá pudimos apoyarlos, los recursos, bien lo saben, son limitados y aquí tuvimos que cambiar vidas por tiempo…
-¿Qué ocurrirá ahora entonces? –preguntó Bracco
-Deben avanzar hacia el Norte en veinticuatro horas, esta fuerza funcionará como una espina en el flanco del enemigo, tienen ese tiempo para descansar y reacondicionar el armamento.
-Señor, no creo que queden cincuenta hombres en condiciones de combatir.
-Serán reforzados con una compañía de infantería y dos secciones de morteros.
-¿Cuál será el objetivo?
-Por ahora la colina donde se asentaba el enemigo.
-No comprendo lo de por ahora.
-Ustedes combatirán por tiempo no por territorio.
-Ya entiendo. –dijo Bracco agitando la cabeza como si no pudiera creer lo que se le ordenaba, luego preguntó-¿Puedo saber entonces, por cuánto tiempo debo combatir por tiempo?
-No me gusta la ironía de su planteo, capitán.
-Arrésteme entonces.
-Vamos, Bracco, no es la forma y usted lo sabe…
-¿Cómo podría no saberlo?, he tenido calificaciones brillantes en la escuela de oficiales… pero no soy como usted, coronel, y espero no serlo nunca…
-Lo sé, capitán, pero también sé que no dejará a sus hombres…

domingo, 3 de febrero de 2008

10.

El viejo que había conocido en la encrucijada lo encaró a una cuadra del hotel, -¿Ha tenido una lectura interesante?-le preguntó señalando el sobre.
-Sospeché que había sido usted.
-Por ahí es verdad que se parece a su abuelo entonces.
-No sé de qué habla…
-La intuición, la capacidad de inferencia…
-Puede ser, lamentablemente no puedo hacer comparaciones.
-¿Está seguro?
Tomás lo observó con atención durante unos segundos, luego preguntó-¿Qué busca?
-Nada, pensé que por ahí estaba interesado en conocer la historia de su familia.
-Debo confesarle que sí, pero más me interesa no meterme en problemas.
-Ah, veo que ya tiene las cosas más claras… -dijo el viejo mientras encendía un cigarrillo.
-Sí.
-Y no quiere correr riesgos…
-Así es.
-En ese caso…, discúlpeme entonces, tenga usted un buen regreso –el viejo dio media vuelta y se alejó caminando despacio.
Tomás tuvo la fugaz imagen de un hombre delgado colgado de una viga en la habitación donde había encontrado la máscara.
-Espere.
-¿Si?
-¿Cómo sigue esto?
-Podríamos empezar presentándonos, me llamó Eduardo –dijo el viejo extendiendo la mano derecha.

Mientras se ocultaban del auto patrulla entre las sombras de un paraíso y observaban la ambulancia estacionada frente al edificio a Tomás le resultó difícil no cuestionar la cordura de Eduardo y, por extensión, la propia.
Vieron como se abría la puerta posterior de la ambulancia y dos hombres vestidos con ambos blancos bajaban una camilla y la entraban por la puerta principal; al cabo de unos minutos salieron, subieron a la ambulancia y se alejaron, el auto policial partió tras ellos.
-Listo –dijo Eduardo mientras veía como el patrullero se alejaba con rapidez.
Salieron de las sombras y caminaron hacia la parte posterior del edificio; se detuvieron frente a una puerta de hierro; Eduardo sacó un juego de llaves de uno de los bolsillos del saco y comenzó a probarlas en la cerradura, al tercer intento consiguió abrirla y empujó la puerta. Entonces encendió una linterna y explicó-No podemos arriesgarnos a encender la luz.
-¿Está seguro de lo que hace?
-Absolutamente, ¿y usted?
-No sé.
-¿Quiere renunciar?
-No, claro que no.
-Vamos entonces.
Tomás lo siguió por un pasillo estrecho apenas iluminado por el haz de luz de la linterna hasta que Eduardo se detuvo frente a una puerta pintada de blanco y esperó.
-¿Y ahora qué?
-Nada, pensé que tal vez no esté seguro…
-Ya le dije que no pienso renunciar.
-Bien, sígame –Eduardo abrió la puerta e iluminó el interior del cuarto; sólo había una camilla similar a la que los hombres de la ambulancia habían traído.
-Acérquese.
Tomás se paró a uno de los costados de la camilla, que, inconfundiblemente, debajo del lienzo, portaba un cuerpo humano; Eduardo pasó la linterna a la mano izquierda y con la derecha descorrió la sábana e hizo visible el rostro del cadáver-¿La reconoce?
A pesar de la conmoción y la poca luz, Tomás la reconoció de inmediato-Sí, claro, es la chica que se suicidó cuando llegué, pero no veo qué tiene de raro que su cuerpo esté en la morgue…
-Tiene razón, nada tiene de raro que un cadáver esté en la morgue, pero, ¿qué opina de esto? –preguntó Eduardo, levantó el otro extremo de la sábana y descubrió el cuerpo hasta la cintura: en los muslos se habían practicado cortes de forma oval que habían permitido retirar prolijos trozos de carne, en el muslo derecho el corte había llegado hasta el hueso.
Tomás apartó la mirada y Eduardo cubrió el cuerpo mientras decía-Creo que fue suficiente.
-¿Qué es esto? –preguntó Tomás con voz poco firme.
-Esto es Malabrigo, pero vamos, no quiero que se desmaye aquí.
Salieron por la puerta por la que habían entrado y Eduardo la cerró con llave, Tomás respiraba con profundidad tratando de controlar la náusea.
-Vamos, vamos –alentó Eduardo caminando con rapidez, Tomás tuvo que apurar el paso para ponerse a la par.
-Discúlpeme, muchacho –pidió Eduardo deteniéndose-no tuve en cuenta su impresión, pero vamos, no tienen que vernos por acá…
-Estoy bien, estoy bien, pero tiene que explicarme…
-Claro, tendrá todas las explicaciones que quiera… pero creo que antes necesita tomarse algo fuerte, hay un boliche cerca…
Caminaban por las calles de un barrio de casas bajas, los únicos sonidos audibles eran sus pasos y los autos que circulaban por la avenida próxima. Eduardo se detuvo y señaló el portón metálico de un comercio, aparecía una pintada hecha en letras rojas: “La traición devuelta
en sombras
de presencia afilada
habita cada esquina
y es una luz negada”.
-Los muchachos se esfuerzan pero no son muy hábiles con la métrica y la rima…
Otra peculiaridad del país, se dijo Tomás tratando de calmarse con la ironía, sospechaba que la noche acechaba con más novedosos horrores.
Eduardo encendió un cigarrillo y señaló-Vamos, ahí está.
El bar estaba en una esquina y era pequeño, mugriento y ruinoso. Un lugar real, pensó Tomás con alivio. Entraron y Eduardo saludó al hombre gordo que estaba tras el mostrador de madera oscura y pidió una botella de ginebra, se sentaron a una mesa en un rincón.
Las paredes de pintura descascaradas, la luz pobre y el aspecto desgastado que exhibían los parroquianos (hombres y mujeres que hablaban en voz baja) desmentían la brillantez que lo había molestado desde su llegada pensó Tomás.
-¿No parece Malabrigo, no? –preguntó Eduardo como si le estuviera leyendo la mente mientras llenaba las copas con la botella que le había alcanzado el patrón.
-No sé qué es Malabrigo pero debo admitir que este no es el aspecto más publicitado…
Eduardo rió con ganas y dijo-Cada vez se parece más a su abuelo.
Tomás vació de un trago la copa y dijo-Espero no parecerme en el final…
-Todo empezó con una traición, eso es seguro, pero no sé cuando… es más bien una serie de traiciones que cruza toda la historia de Malabrigo… por ahí este lugar estuvo condenado desde siempre, ¿conoce el origen del nombre?
-No, como sabe, sólo soy un turista desinformado.
-Jum… no es bueno abusar de la ironía, muchacho, hay cosas que se resisten a ser domesticadas por ella…
-Cuénteme sobre el origen del nombre.
-Esta región fue marginal durante la primera etapa de la conquista, no tenía oro ni plata así que no era muy interesante para los españoles, hasta que comenzaron a buscar un puerto sobre el Atlántico para sacar la plata del Altiplano, entonces encontraron la bahía sobre la que se ubica esta ciudad y pensaron que habían encontrado el puerto adecuado. No pasó mucho tiempo hasta que se dieron cuenta del error; la bahía estaba infectada de trozos de roca que rasgaban los cascos de los barcos, según la combinación del viento y la marea, se resignaron a temerle mientras la iban conociendo pero se vengaron maldiciéndola con el nombre…
-¿Qué hay respecto a la traición? -La última fue no hace mucho tiempo… después comenzó a mostrarse con fuerza la anomalía… a inicios de la década del ¨50 Malabrigo libró una guerra, a la que se le prestó poca atención, tal vez porque fue contemporánea a la guerra de Corea o porque se desarrollo entre dos menores países sudamericanos

sábado, 2 de febrero de 2008

9.

-Señor Durrell, ¿Tomás Durrell?
Interrumpió la lectura y vio a dos hombres parados junto a su mesa.
-Soy yo.
Uno de los hombres sacó un porta documentos del bolsillo interior del saco, lo abrió y lo extendió para que lo viera: Agente Humberto Gnecco, Departamento de Rentas del Estado, República de Malabrigo. Una foto complementaba la información. Tomás le devolvió el porta documentos y Gnecco dijo-El es el agente Tozzi..
-Y bien…
-Sabemos que ayer hizo una operación inmobiliaria… -dijo Gnecco.
-Así es, vendí una casa que mi madre heredó de sus padres.
- En ese caso deberá acompañarnos hasta nuestra oficina.
-¿Por qué motivo?
-Sospechamos que ha evadido aportes fiscales.
Tomás trató de conservar la calma y comenzó-Vea agente…
-Gnecco.
-Vea, agente Gnecco, como usted ya sabrá, soy extranjero, esto no es excusa para desconocer la legislación de Malabrigo, claro, pero confié en el que el titular de la inmobiliaria completara todos los procedimientos que la legislación de este país exige.
-Parece que no ha sido así, por esa razón y para que el asunto quede completamente esclarecido le sugerimos que nos acompañe.
-Los sigo entonces. –dijo luego de considerar que la situación no era propicia para ejercer una resistencia ostensible.
-Lamentamos haber interrumpido su lectura. –dijo Gnecco señalando con la vista el cuaderno abierto sobre la mesa.
-Continuaré en otro momento, no tengo apuro. –respondió Tomás, guardó el cuaderno en el sobre, tomó el sobre y se puso de pie.
Caminaron hasta la calle y se detuvieron frente a un auto azul estacionado frente a la entrada; Gnecco abrió la puerta trasera derecha y lo invitó a subir como un chofer solícito.
El agente Tozzi manejó con eficiencia y seguridad, a Tomás no le sorprendió descubrir que utilizaba un audífono o un artefacto que se le parecía sobremanera.
Se detuvieron frente a un edificio de dos plantas que en su frontis tenía un gran escudo nacional y se anunciaba con letras en relieve pintadas en negro: Ministerio de Economía de la Nación. Gnecco lo guió al interior del edificio, Tozzi permaneció en el auto.
Entraron en una oficina iluminada con tubos fluorescentes, había un escritorio de madera oscura al que estaban sentados un hombre obeso, de pelo cortado al rape y rostro rojizo, vestido con un traje gris; y un hombre delgado y pequeño, con el aspecto de un gorrión desnutrido, que vestía un traje ocre.
El agente Gnecco hizo las presentaciones y, casi de inmediato, el hombre pequeño que se llamaba Iriarte y era un empleado de la inmobiliaria, comenzó a disculparse con entusiasmo por el imperdonable error administrativo que se había deslizado. Su actitud compungida era tan intensa que a Tomás le pareció sobreactuada; la falta era meramente burocrática: el martillero había hecho los aportes fiscales y había omitido hacerle firmar los documentos correspondientes.
El hombre gordo, que se llamaba Gálvez, y era el jefe de la repartición, explicó-Sólo necesitamos que firme estas planillas. –y le extendió a Tomás una carpeta.
Tomás se demoró un momento en la lectura, firmó y devolvió los documentos.
-Muchas gracias. –dijo Gálvez y prosiguió-Discúlpenos la molestia, pero la política fiscal de nuestro país es muy severa y forzosamente necesaria, es la única forma en que podemos financiar nuestra infraestructura. Desde ya muchas gracias y tenga una agradable estadía en nuestro país y espero que no lo hayamos demorado demasiado en su trabajo. –concluyó mirando el sobre que Tomás tenía bajo el antebrazo.
-No, para nada.
-De nuevo muchas gracias y si así lo dispone podemos llevarlo de vuelta a su hotel o al lugar que usted nos indique.
-Le agradezco pero prefiero caminar, necesito hacer un poco de ejercicio –respondió tratando de ocultar la inquietud que lo dominaba. El argumento para trasladarlo hasta allí había sido endeble, la demostración de poder demasiado ostensible.
Se despidió y salió a la calle, caminó unas cuadras, atravesó una plaza y entró en un café. Se sentó en una mesa junto a la ventana y casi de inmediato acudió una camarera; poco más que una adolescente, vestida con una camisa blanca y una breve pollera azul que sonrió con simpatía y le preguntó qué iba a tomar. Pidió un cortado, la chica le preguntó si quería leer los diarios y aceptó.
Mientras esperaba el café hojeó un diario y notó que estaba incompleto, repitió el procedimiento con los otros dos y obtuvo el mismo resultado; cuando la chica volvió le preguntó si en alguno de los diarios de Malabrigo había una sección de noticias policiales.
-No sé, nunca los leo. –respondió la chica con una sonrisa, entonces Tomás notó el fino cable en el cuello de la camisa. La llamaron desde otra mesa, pidió disculpas y se alejó.






Documento III

“(…) Cuando se planteó la cuestión de fondo hubo en el Concejo una discusión que se extendió durante semanas, y en alguna de esas agotadoras sesiones, alguien (no se ha registrado su nombre) propuso la confección de máscaras. Citó a Hesíodo, a Coleridge, y de alguna forma llegó a los hititas; habló de Hatti, la capital erigida en un promontorio como nido de águilas, de sus feroces reyes guerreros Mursil y Hattusil y de su habilidad inaudita para la literatura y para la guerra, y también habló, claro, de las máscaras. Las máscaras como contención y como norma, como exhibición y ocultamiento, como forjadoras de la humanidad plena.
En ese momento, por primera vez, logró captar con plenitud la atención de los asistentes y prosiguió con tono didáctico que las máscaras nos harían ser los que quisiéramos ser con la consiguiente anulación efectiva de la anormalidad(…)”

Fragmento apócrifo del Acta de Refundación, Malabrigo, 1962.

viernes, 1 de febrero de 2008

8.

Caminó hasta el hotel y cuando pidió la llave de su habitación el recepcionista le informó que le habían enviado correspondencia. Era un sobre tamaño carta de papel ocre dirigido con claridad a él (su nombre aparecía correctamente escrito así como su número de habitación), no tenía remitente y había sido entregado por el correo oficial.
Fue al bar y se sentó en una mesa junto a una de las ventanas, dejó el sobre encima de la mesa pero no lo abrió. Pidió un Martini y mientras lo esperaba se dedicó a observar a los parroquianos: había cuatro hombres que no llegaban a los cuarenta que discutían y se mostraban mutuamente planillas y gráficos mientras bebían whisky, llevaban trajes oscuros y el pelo engominado y corto. A Tomás le llamó la atención que dos de ellos utilizaran audífonos, y más aún cuando percibió que la mujer de la pareja situada más allá también utilizaba uno. ¿Epidemia de suicidios y sordera?, se preguntó irónico tratando de infundirse valor.
El mozo trajo la bebida, agradeció y tomó un trago luego abrió el sobre: encontró una nota y un cuaderno negro de tapas de hule. La nota estaba escrita en tinta negra con caracteres grandes y pulso no demasiado firme: “Bienvenido a Malabrigo, el lugar prolijo de las tumbas tempranas. Todo conocimiento tiene su precio pero dudo que te imaginés el que tendrás que pagar para conocer la verdad sobre tu abuelo. Te envío una herramienta que te puede ser útil si te animás a iniciar el camino.” No había firma. Abrió el cuaderno, la primera página estaba en blanco y el papel amarillento, pasó a la siguiente y leyó.

“Destruí los apuntes anteriores, pensé que no eran más que muestras de mi particular neurosis, únicamente útiles para librarme de la eventualidad de un brote psicótico (pavada de utilidad, ¿eh?). La sensibilidad del artista es un evidente lugar común. El problema es lo que hago yo con la mía. Me dije que mi sensibilidad enfermiza había generado una recurrente (aunque no crónica) percepción errónea de fenómenos físicos y no se había limitado a crear esas falsas percepciones ya que también las había ordenado en un discurso causal. Más o menos el procedimiento que utilizo para escribir, con la salvedad evidente de que cuando me dedico a la tarea literaria no adjudico una realidad objetiva al resultado de dicha tarea más allá de su validez simbólica, claro.
La racionalización anterior me sirvió por un tiempo hasta que la anomalía, alucinación o lo que sea reapareció con una potencia que me animaría a calificar de fundacional si no temiera al dramatismo un tanto cursi de la épica. Aunque sé que la anomalía, si es tal, tiene un carácter colectivo y se filtra como entre grietas a través de toda la historia de Malabrigo.
Mi primer contacto fue a los diecisiete años; pensaba entonces escribir una obra que tomara elementos de la historia de Malabrigo y planteara una reflexión sobre el poder. Comencé a investigar sobre la historia del país y me sorprendió encontrar episodios que se trataban en forma oblicua o eran dejados de lado luego de una explicación insuficiente; consulté con profesores de Historia e investigadores y todos me dijeron más o menos lo mismo, que eso ocurría con la Historia de todos los países del mundo y que dependía de la extracción social, cultural e ideológica de los que la habían escrito. Uno de ellos me recomendó especialmente que tratara de evitar el prejuicio de la excepcionalidad nacional si quería escribir una obra consistente.
Un poco decepcionado tracé un esquema de acción y comencé a esbozar el carácter de los personajes; una mañana, aburrido del encierro, decidí visitar uno de los lugares donde tenía pensado desarrollar la acción dramática y fui a los restos de la antigua torre de guardia.
En los primeros minutos la visita fue más bien decepcionante; caminé entre rocas pintadas con leyendas tan interesantes como “Pedro y Ana se aman”, “Cacho estuvo aquí”, dificultosos dibujos de corazones flechados y algo de pornografía. Entre los fragmentos de roca crecían yuyos y flores silvestres, también había pedazos de madera quemados o podridos.
Me senté en una roca de frente al mar; el lugar estaba sobre un promontorio y dominaba toda la bahía, la fortaleza había sido emplazada allí como punto de observación y de última resistencia ante los ataques piratas. Pude ver los barcos amarrados, los que navegaban desde o hacia el Océano, el puente ferroviario que atraviesa en arco los dos ríos que desembocan en la bahía y la cinta gris de la avenida costanera que se extiende hasta el borde de los acantilados, pasa perpendicular al puerto y se bifurca y desciende con suavidad hasta la playa. Me pregunté por qué el gobierno, siempre tan interesado en engrosar sus arcas, no había desarrollado ese lugar como punto panorámico para atraer turistas. Encendí un cigarrillo y entonces ocurrió.
Mi conciencia se fragmentó en percepciones múltiples sin orden inteligible, fui un caos de voces e imágenes; el temor que sentí fue superado por la pena. Fui un dolor punzante que me impedía respirar y aceleraba mi ritmo cardíaco, una pérdida sin nombre, como la que se siente cuando se emerge de un sueño con lágrimas en los ojos; el reclamo desesperado de un alivio inalcanzable.
Me encontré en un sendero de grava al pie de la torre; oí el sonido de lo que creía distinguir como un cuerno de guerra y vi un objeto que se destacaba entre los arbustos que rodeaban la base de la fortificación; caminé hasta el lugar y lo tomé. Era una máscara blanca, con una expresión difusa hecha en un material que no pude definir; no bien la tuve entre mis manos volví a estar sentado en la roca frente al mar, entre las ruinas. (…)”

7.

Era el cruce de una de las rutas que salía de la ciudad con un camino vecinal que no estaba pavimentado, apenas mejorado con ripio. Había añosos eucaliptos y tilos, había muchas tumbas sencillas y unas pocas personas caminaban entre las sepulturas, dejaban flores en diminutos floreros o limpiaban lápidas.
Tomás se sorprendió por la extensión del lugar; caminó a la sombra de los árboles oyendo el viento en las hojas y se dirigió a una anciana delgada, vestida de gris, que con un trapo húmedo se dedicaba a desempolvar una placa de mármol. –Buenos días, señora, discúlpeme…
La anciana se volvió hacia él y lo miró con ojos de un celeste transparente en un rostro pálido y huesudo-¿Sí, hijo?
-Estoy buscando una tumba, ¿sabe cómo puedo encontrarla?
-¿A quién busca? –pregunto la mujer haciendo una asociación que a Tomás le pareció impropia y siniestra.
-Pablo Arregoitía, digo, la tumba de Pablo Arregoitía.
La mujer permaneció en silencio con expresión de asombro.
Tomás tuvo que preguntar-¿Lo conoció?
-Sí, claro que lo conocí… actué en varias de sus obras y usted, ¿por qué lo busca?
-Soy su nieto, después de su muerte mi familia dejó el país…
La mujer se demoró unos segundos observándolo, al cabo comentó-Te parecés bastante a él…
-Yo era un muy chico cuando murió, no tengo recuerdos de él.
-Creéme que era un hombre bueno y talentoso. Acompañame que te indico el lugar.
La siguió en silencio caminando entre las tumbas, salieron de la protección de los árboles y avanzaron una veintena de metros hasta que la vio detenerse frente a una lápida de piedra negra grabada con el nombre de su abuelo, la fecha de nacimiento y muerte.
-Es aquí.
-Muchas gracias.
-No, de nada, si me necesitas llamame, voy a estar un rato más por acá.
Así que el viejo se suicidó, parece que no fue muy original; claro, por eso nunca hablaron de él, por eso se rajaron de Malabrigo. Vio que una sombra se plantó junto a la suya sobre la superficie de la tumba. Se volvió hacia la derecha y vio a un viejo alto y delgado vestido con un gastado traje gris. –Buen día. –saludó.
Respondió el saludo y se mantuvo expectante; el viejo sacó un atado de cigarrillos del bolsillo del saco, extrajo un cigarrillo, la encendió y luego de exhalar la primera pitada, con la vista en la tumba dijo con voz soñadora-Yo lo conocí… vi muchas de sus obras, era muy bueno… realmente bueno…
-Me lleva bastante ventaja, yo no lo recuerdo y recién hoy me enteré que era autor dramático…
El viejo sonrió con tristeza y sentenció-Soportó bastante de este lugar e intentó cambiarlo…
-¿Qué pasa en Malabrigo?
-Si se queda el tiempo suficiente lo averiguará. Ahora sólo puedo decirle que la mujer que lo condujo hasta aquí reza todos los días por las almas equivocadas… debería leer con más atención.
El viejo se fue y Tomás se quedó parado frente a la tumba preguntándose qué hacer. Sintió un escalofrío y decidió quedarse un tiempo en el país y saber más, no pensaba huir, no hasta que el peligro que se insinuaba se hiciera más tangible.
Se despidió de la mujer que seguía con la limpieza y se dirigió a una hilera de taxis, subió al primero y le indicó que lo llevara hasta la biblioteca nacional. El taxista, un hombre delgado, de pelo corto, cincuentón, dijo-¿Algún pariente?
-¿Perdón?
-Si vino a visitar la tumba de algún pariente.
-Ah, sí, de un abuelo.
-Es bueno que los jóvenes recuerden a sus mayores.
Tomás tuvo que esforzarse para no sonreír y dijo-Es lo que corresponde…
-Aún cuando se hayan matado. –comentó el taxista con dureza.
Tomás se irritó sin saber bien por qué. –Aún cuando no hayan sido demasiado originales…
-No entiendo.
-La encrucijada ocupa casi un cuarto de la superficie del cementerio.
-Ah, claro, claro; matarse ha sido muy común por aquí, desgraciadamente, pero lo estamos superando –explicó el taxista como si se refiriera a una epidemia que gracias a los avances de la ciencia médica se estuviera dejando atrás.
-Espero que tengan éxito.
El conductor le dirigió una mirada por el espejo retrovisor, tal vez intentando encontrar una expresión irónica, pero Tomás se limitaba a observar la monotonía del paisaje.
Viajaron en silencio hasta que el auto se detuvo frente al edificio de la biblioteca, Tomás pagó, esperó por su vuelto y se limitó a saludar; nunca había sido un tipo pendenciero y consideró que no era el momento adecuado para modificar su costumbre.
Subió por las escaleras hasta la doble puerta de cristal; harto de la similitud de los edificios y su limpieza y brillantez. Las puertas se abrieron antes de que las empujara, estuvo a punto de caer pero consiguió equilibrarse y entrar a un gran vestíbulo. A la derecha aparecía una línea de terminales de computadoras frente a la que estaban sentados jóvenes y adolescentes; al frente un escritorio de madera oscura equipado con computadoras al que estaban sentadas dos mujeres; a la izquierda cuatro ascensores y una escalera.
Se dirigió a una de las mujeres y le explicó que quería hacer una consulta sobre un escritor nacional, la mujer le preguntó el nombre y su rostro mostró una expresión de sorpresa y aprensión cuando Tomás nombró a su abuelo.
-¿Hay algún problema?
-Discúlpeme, señor, pero entiendo que es usted extranjero.
-Sí, pero no entiendo qué tiene que ver eso con mi consulta.
-Le explico entonces que toda información sobre el autor referido está limitada a personas autorizadas…
-¿No hay forma de que pueda consultar sus obras?
-No a menos que consiga una autorización de la Dirección de Cultura.
-¿Y no sabe a qué se debe esa restricción?
-Espere un momento, por favor. –la mujer tecleó unas instrucciones en la computadora y luego se oyó el zumbido de la impresora, le entregó el papel impreso y le explicó-Esta es una copia de la resolución oficial, tal vez le sea de utilidad.
Tomás tomó el papel, agradeció y caminó hacia la salida leyendo.

“Dirección Nacional de Cultura, Malabrigo, 7 de Septiembre de 1964.

El titular de esta repartición, Doctor Manuel Corzuelo Real, notifica a todos los integrantes de esta dirección y a sus dependencias que, a partir de las 00.00 horas del día 8 de Septiembre del presente año se ponen en vigencia las siguientes disposiciones en relación a la obra de Arregoitía, Pablo; CIN 2323567.
Artículo Primero: Prohibición de la representación de todas sus obras de teatro en el territorio nacional.
Artículo Segundo: Supresión de la circulación de todos los textos de su autoría, tanto de ficción como periodísticos. Los ejemplares que se encontraren en bibliotecas públicas deberán ser remitidos con urgencia a esta dirección.
Artículo Tercero: Exclusión del mencionado autor, así como de su obra de toda bibliografía utilizada en los diferentes niveles de educación tanto estatales como privados.
(…)”

Se detuvo aturdido: saber que su abuelo había sido un autor dramático era sorprendente, descubrir que había sido perseguido por la justicia era algo excesivo. ¿Qué era lo que había expuesto en su obra para ser objeto de una persecución tan exhaustiva y notoria? Salió del edificio y volvió a instalarse en una mañana que se le hacía ambigua e interminable; consultó el reloj y notó que faltaban veinte minutos para el mediodía. Admitió que tenía miedo y que la mejor forma de disiparlo era salir cuanto antes de Malabrigo; pero algo lo retenía, irse era asumir con plenitud una cobardía que no era menor si recordaba con alguna claridad la relación que había mantenido con su ex esposa. No estaba dispuesto a reincidir en la misma actitud, no al menos en forma inmediata.