lunes, 11 de febrero de 2008

18.

Documento VIII.

“(…) Una presencia que es toda ausencia; una vacuidad que reclama con fuerza un contenido, y que exhibe con crueldad inaudita la vaciedad del otro y lo sume en una angustia tal que lo obliga a buscar una clausura definitiva de la percepción de la vacuidad mediante la aniquilación de la conciencia; lo que, de no mediar algún procedimiento intrusivo, lleva al sujeto al suicidio inexorablemente. (…)”
Fragmento de “Una aproximación fenomenológica a la anomalía” Departamento de Filosofía Aplicada de la Universidad Nacional de Malabrigo, 1961.

Eduardo dio dos golpes leves en la puerta entornada y al cabo de unos segundos la puerta se abrió y apareció un hombre delgado, cincuentón, vestido con un traje gris y evidente aspecto de funcionario. Saludó y les indicó que podían pasar.
Eduardo siguió al hombre y detrás avanzó Tomás escoltado por los travestis que, por seguridad o por gusto, lo llevaban tomado de los brazos. Caminaron por un pasillo iluminado por tubos fluorescentes una decena de metros hasta llegar a una bifurcación, tomaron por la derecha e ingresaron a un corredor más amplio con puertas a los lados, el silencio era casi total, el sonido de sus pasos era atenuado por una alfombra espesa.
El guía se detuvo frente a una de las puertas y sacó un llavero del bolsillo del pantalón, eligió una llave y la introdujo en la cerradura, giró el picaporte y abrió; Tomás leyó “Acceso restringido” y se dejó conducir al interior.
Eduardo dijo-Supongo que ya se habrá dado cuenta de donde estamos…
Tomás observó los aparatos de audio, las computadores en línea, la larga mesa sobre la que estaban dispuestas las consolas de sonido, los micrófonos y las butacas ergonómicas tapizadas en pana negra, y dijo-Sí, claro pero ¿no era el plan pasar desapercibidos?
Eduardo sonrió divertido y dijo-Ya no –y dirigiéndose a los travestis indicó-pueden dejarlo, chicas.
-Por favor, siéntense. –invitó el funcionario.
-Sí, claro, sentémonos, ah, discúlpenme, no los presenté. –dijo Eduardo e hizo la presentación; así Tomás se enteró que el hombre con aspecto de funcionario era efectivamente un funcionario: Fernando Avila, director general de Radio Nacional de Malabrigo.
-¿No tiene nada que preguntar, muchacho?
-No, sé lo suficiente.
Eduardo lo miro pensativo y no agregó palabra, se volvió hacia Avila-¿Todo dispuesto?
-Tal cual lo indicó.
-Sabía que no podía esperar menos de usted. –dijo Eduardo y le anunció a Tomás-Está a punto de presenciar un hecho histórico, algo que le hubiera gustado ver a su abuelo.
-Preferiría que no le mencionara…
-No fue mi intención molestarlo…
-No quiero parecer ansioso, señor Metco –dijo Avila- pero en diez minutos se produce el relevo de la guardia y no podemos confiar plenamente en el relevo.
-Tiene razón, Avila, procede cuando lo considere apropiado.
Avila desplazó la silla hasta situarla frente a una de las computadoras y tecleó velozmente una instrucción, en la pantalla apareció un eje cartesiano sobre el que se dibujaba una curva.
-¿Le resultó difícil encontrar el parámetro efectivo de las frecuencias?
-No mucho, los datos que me dio eran muy acertados.
Eduardo le preguntó a Tomás-¿Sabe lo que nos proponemos?
Tomás se reclinó en el respaldo de la silla y dijo-Supongo que intentarán la anulación de la acción de las máscaras con una interferencia masiva en sus frecuencias de programación.
Avila se volvió sorprendido, Eduardo sonrió complacido y explicó-El muchacho no está solo.
Avila asintió en silencio y volvió su atención a la computadora, tomó el mouse e indicó cuatro puntos en el diagrama, apretó la tecla de intro y activó la zona indicada. En el ángulo inferior izquierdo de la pantalla apareció un contador en números rojos que inició una cuenta regresiva a partir de 30, cuando la secuencia finalizó apareció una leyenda que anunció “Operación Activada”. Avila explicó-El emisor tardará diez minutos en barrer todas las frecuencias y anular las máscaras.
-¿Qué espera de esto? –preguntó Tomás.
-Podría decirte que me guía la intención de reparar un daño o que me propongo la liberación definitiva de Malabrigo, y ambas explicaciones son ciertas pero no suficientes, tal vez todo se reduzca a promover un cambio que desbloqueé la historia… supongo que ya sabés quien soy…
Tomás respondió con seguridad, aún cuando segundos antes de enunciarlo era inconsciente del conocimiento-Eduardo Metco, miembro del Consejo Central del Partido de la Reconstrucción, número tres en la jerarquía estatal. –La atención de todos los presentes se situó sobre él, Eduardo asintió en silencio y dijo-Algo ha permanecido demasiado tiempo estancado en Malabrigo y el absceso debe ser destruido…
Avila sonrió complacido y Tomás pensó que el tipo era inconsciente del papel secundario que Metco le había asignado en su dispositivo, o lo tenía bien claro y había asumido su posición con una resignación entusiasta.
-De todos modos no sé para qué me necesita. –dijo Tomás.
-Necesito un testigo, un observador atento.
-Proceso concluido –anunció Avila.
Los travestis se abrazaron, Avila se incorporó y estrechó la mano de Eduardo; se veían satisfechos y distendidos. Tomás preguntó-¿Qué pasará con la gente que necesita las máscaras para sobrevivir?
Eduardo lo miró sorprendido como si no hubiera tenido en cuenta esa circunstancia o como si la hubiera descartado, dijo-Veo que es usted un humanista.
-Soy parecido a mi abuelo.
-Certero, muchacho, certero, se pone usted más agudo con cada segundo que pasa… respecto a su pregunta, supongo que algunos se suicidarán… otros recurrirán al canibalismo… en fin, es como barajar y dar de nuevo…
Entonces ocurrieron muchas cosas al mismo tiempo o los instantes que las separaron fueron tan fugaces que Tomás fue incapaz de percibirlas con características bien diferenciadas, de todos modos percibió que: la puerta de la sala se abrió con violencia y aparecieron dos individuos vestidos con trajes oscuros empuñando pistolas automáticas; los travestis se pusieron de pie con una velocidad admirable teniendo en cuenta su robustez y vestimenta y se arrojaron sobre ellos. El estruendo de los disparos fueron casi previsibles pero los fogonazos lo deslumbraron por unos segundos, se arrojó de la silla y trató de ponerse a cubierto. Oyó más disparos, el aire se impregnó de un olor acre y luego una voz segura que le sonó desconocida dijo-Ya terminó, Durrell, puede levantarse.
Tomás se levantó despacio. Los cadáveres de los travestis estaban caídos junto a la puerta, uno de los hombres de traje estaba apoyado contra el marco tomándose el vientre con las manos, la sangre que manaba de la herida le teñía las manos de un rojo irreal; el otro trataba de contenerlo mientras hablaba por un teléfono celular. Junto a la mesa se había ubicado un tercer hombre que ahora parecía dominar la escena; era un tipo delgado, de rasgos duros y ojos achinados, pelo largo negro y entrecano atado en la nuca, llevaba un traje gris y una corbata azul prolijamente anudada. Fumaba un cigarrillo con indolencia un tanto forzada. Tomás lo reconoció de inmediato como un dirigente de Malabrigo.
-Lopresti. –dijo Eduardo.
-Suponía que iba a ser más discreto, señor Metco.
-Pensé que ya habría inferido que hay momentos en que la discreción es un lujo y este es uno de esos momentos…
Lopresti dio una pitada al cigarrillo, exhaló el humo y se demoró unos segundos viendo como el cielo gris se elevaba hacia el cielorraso, comentó-Tal vez no haya sido un alumno tan aplicado o tal vez haya desarrollado un criterio propio.
-Todo es posible en Malabrigo, ¿a usted que le parece, Tomás?
-No todo, Metco, no todo.
Lopresti le dijo a Tomás-Así que usted es el nieto de Arregoitía.
La aseveración hacia vana cualquier respuesta, de todos modos, con un orgullo que podía fundamentar vagamente, Tomás dijo-Así es.
-¿Es su testigo, no? –preguntó Lopresti volviéndose hacia Eduardo.
-Veo que no está tan desorientado, Lopresti.
-Le agradezco que lo haya traído hasta aquí.
Por primera vez, desde que se había producido la irrupción, Eduardo pareció desconcertado y permaneció en silencio pesando las palabras del otro. Tomás desvió su atención de los rivales que ya lo estaban hartando con su juego de sobreentendidos y vio como dos hombres vestidos con ambos blancos subían en una camilla al herido y el otro se paraba ante la puerta, luego de apartar los cadáveres con el pie, en actitud de centinela.
Metco dijo-Vamos, Lopresti, se le nota mucho que está ansioso por enunciar una verdad indubitable…
-Señor Metco, nuestra relación ha sido siempre respetuosa y no creo que las actuales circunstancias impliquen una modificación…
Tomás anunció-Me dan asco.
El silencio dominó unos segundos el recinto hasta que una tos nerviosa de Avila lo interrumpió, luego Lopresti dijo-Usted es sólo la encarnación momentánea de tiempos muertos y creo que es tiempo despejar un poco el ambiente-, sacó una pistola automática del bolsillo interior del saco, la cargó y la apuntó al pecho de Tomás; se regodeó apretando de a poco la cola del disparador.
Tomás preguntó con tranquilidad-¿No se cansan nunca de hacerlo?
La mano de Lopresti comenzó a temblar con violencia, se tomó el antebrazo con la otra mano y trató de contener el temblor pero no lo consiguió, dejó caer los brazos al costado del cuerpo; tenía el rostro pálido y el pelo entrecano se había aclarado más.
-¿Está bien, señor? -.preguntó el centinela alarmado.
-Quédese tranquilo, Enriquez, no es nada.
Avila sonrió con desprecio y fue la última acción consciente de su vida: el disparo le dio en la frente y lo arrojó hacia atrás; rebotó contra el respaldo de la silla y cayó sobre el teclado de la computadora. Todavía conservaba la sonrisa.
Metco preguntó-¿Era necesario?
Lopresti guardó la pistola en el bolsillo interior del saco y explicó-Tal vez me excedí en la forma, pero el correctivo era absolutamente necesario… de todos modos, ya esta condenado -. Se volvió hacia el centinela y le indicó-Enriquez, llame para que vengan a retirar los cuerpos.

sábado, 9 de febrero de 2008

17.

Documento VII

“(…)¿Cómo se construye el futuro? No puedo olvidar el texto de Arregoitía, su densidad dramática pero fundamentalmente su clarividencia. ¿Cómo se enteró de las cuestiones que han comenzado a discutirse en las sesiones secretas del Consejo? Sé que no tuvo ningún contacto con los agentes del estado; no puedo ignorarlo porque desde hace más de tres años monitoreo su vigilancia. La cuestión que me atormenta es no poder recordar si la idea del canibalismo ritual apareció en el Consejo antes o después del estreno de “La herencia de Saturno”. Sería paradójico que Arregoitía, en su afán por construir una moral opuesta a la que rige en Malabrigo, haya planteado una opción para que nuestro poder se reproduzca y perdure. (…)
Del diario de Eduardo Metco, 20 de Noviembre de 1962.

Eduardo sabe que la traición es intrínseca a su vida, el doble juego está en sus genes y recuerda, con retorcido deleite, el papel que su padre jugó en el exterminio de las tropas de Malabrigo para terminar con la guerra. Baja el vidrio de la ventanilla apretando la tecla junto a la palanca de cambio, necesita aspirar con fuerza el aire de la tardía noche, no se niega a admitir que tiene miedo y que parte de ese miedo lo genera el hombre que viaja en el asiento trasero custodiado por los travestis que también han comenzado a temerle. Sonríe para sí y vuelve a preguntarse con sorpresa cómo pueden confiar en él los idiotas del Consejo y los infelices a los que ha prometido la liberación definitiva. Fe, necesidad de creer es la única explicación posible; conoce el sentimiento, lo tuvo alguna vez y tal vez lo siga experimentando, no es tan ciego como para no admitir que sus acciones están orientadas por el logro de una finalidad, aún cuando no en claro cual.
El sonido de las cubiertas rodando, la respiración ruidosa del chofer, el silencio ostensible de Tomás. Eduardo se vuelve y lo observa: el muchacho esta ensimismado e inmóvil, como si escuchara una voz interior. Lo mira y sonríe en silencio, Eduardo siente que un escalofrío le recorre la espina dorsal y el vello de la nuca se le eriza; se odia por sentir ese miedo que es tan cercano al pánico. Hace un esfuerzo, consigue sonreír y vuelve la vista hacia delante. Se dice que el miedo es perfectamente lógico, al fin y al cabo está a punto de cambiar drásticamente la historia de Malabrigo. Recuerda un atardecer de invierno: la reunión en el estudio de su padre se ha demorado más de lo habitual y él, apenas un chico de once años, recorre en silencio el largo pasillo que ya ha comenzado a oscurecerse por las sombras crepusculares y se acerca a la puerta entornada. Jamás ha intentado escuchar las conversaciones de los mayores (es demasiado educado para eso) pero está ansioso por concluir la partida de ajedrez con su padre y quiere saber si la reunión está por terminar. Se detiene a dos pasos de la puerta y escucha: su padre dice exasperado, como si no fuera la primera vez que hace el planteo, que hay que terminar de inmediato con la guerra y eso sólo logrará compensando a Azuria por sus bajas, es la condición dolorosa pero imprescindible, la única forma de que las potencias centrales reanuden las inversiones y el financiamiento. Una voz exaltada le responde que eso es lisa y llanamente traición, una condena a muerte para hombres que han dado todo por el triunfo de la patria. Hay un silencio que sólo es perturbado por carraspeos, pasos y movimientos de sillas; luego su padre con voz grave y firme dice que ,efectivamente, su proposición puede verse como una traición y una condena a muerte pero sólo si permanecen sujetos a una visión estrecha y coyuntural que como dirigentes del país no pueden mantener si tienen algún respeto por los deberes que hacia la nación han contraído. Eduardo se siente orgulloso y avergonzado y, confundido, decide alejarse del estudio; a la mañana siguiente se entera de que el ejército de Malabrigo ha sufrido una derrota aplastante en su avance hacia la capital azuria y las conversaciones de paz son inminentes, un sentimiento de amor y orgullo lo invaden con plenitud. Y decide entonces que él también, a su tiempo, asumirá la responsabilidad de dirigir los destinos de Malabrigo para conducirla a su destino de grandeza. Decisión que mantendrá sin fisuras durante los próximos cincuenta años y que, entre otras cosas, lo llevará a enfrentar dolorosamente a su mentor en una discusión violenta y amarga que precedió apenas en unos días a su muerte y de la que probablemente haya sido causa inmediata. Eduardo había visto a su padre como un ser gastado y enclenque, un despojo miserable del gran dirigente que había enviado cientos de hombres a la muerte con la convicción profunda de estar haciendo lo que la patria exigía.
El arrepentimiento y la desesperación de su padre le habían parecido canallescos, muy probablemente (y ,ahora, viajando en un taxi que podía estar llevándolo a su destino final) porque cuestionaban en profundidad los valores que había hecho suyos. El viejo se había negado enfáticamente a la instauración de la antropofagia selectiva como instrumento para la construcción de máscaras definitivas alegando que no era nada más que un episodio de la continua fuga hacia el futuro que se ejercía desde los orígenes en Malabrigo.
De esta forma, su padre había traicionado de nuevo, lo doloroso fue que esta última defección había sido dirigida a él.
El taxi se detuvo en un callejón detrás de un edificio moderno de gran tamaño, el lugar estaba desierto y había una puerta entreabierta de la que salía una luz mortecina que la niebla estrangulaba; antes de ordenar a los travestis que bajaran a Tomás, se volvió hacia él y lo observo en silencio. Tomás le sostuvo la mirada imperturbable, con una calma que era difícil de comprender dada la situación en la que se encontraba; claro, siempre y cuando uno no estuviera atento a la presencia de la anormalidad. Y entonces se produjo una ruptura y Eduardo ya no tuvo frente a sí a Tomás sino a su abuelo Pablo Arregoitía y mantenían una conversación que había tenido lugar treinta años antes.
Pablo se acomodó en el sillón de cuero y observó con atención los detalles decorativos de la sala, el Kandinsky, el Pollok y una diminuta escultura que supuso de Picasso sobre una mesita de ébano e hizo un gesto de exagerada admiración. Luego se inclinó sobre la mesa ratona, abrió la caja de puros, tomó uno y lo olió-Hmm, cubanos y de los buenos, pensé que Malabrigo adhería con entusiasmo al bloqueo.
-Formalmente, con entusiasmo formal.
-Supongo que el Departamento de Estado no desconoce estas negociaciones…
-Claro que no, pero sabe que nuestra lealtad es firme.
-¿Nuestra?
-La de Malabrigo.
-Ah, claro –admitió Pablo mientras encendía el cigarro con breves chupadas.
-Podés servirte si querés.
-Pensé que eran bienes del estado y en un país tan pujante.
-No, no son del estado, pero adelante, puedo darme el gusto…
-Siempre supe que ibas a hacer una carrera brillante…
Eduardo sabía que Pablo lo detestaba con frialdad, sin molestarse demasiado en exhibirlo ni ocultarlo, como si no tuviera mayor relevancia.
-¿Y qué te llevó a pensar eso?
-Tu inclinación temprana a acatar las normas y a mejorarlas…
-Puede ser que tu percepción haya estado agudizada por el contraste…
-¿Te das cuenta de que como confirmás mi percepción?
Eduardo sintió que había caído como un imbécil de nuevo en la trampa y tuvo que esforzarse para no mostrarse agresivo.
Pablo chupó el cigarro, saboreó con deleite el humo y lo liberó despacio viendo como se elevaba en el aire quieto del estudio, luego dijo-No es difícil imaginar tus acciones, siempre fuiste una persona clara, diría previsible si no lo tomaras como algo insultante.
-No, de ninguna manera, ¿podrías decirme cómo es la imagen que tengo de vos?
-Un tipo indisciplinado, con hábitos perjudiciales, incapaz de entender el concepto de disciplina.
-Bien, bien, estuviste bastante acertado, ¿puedo conocer los fundamentos de tu inferencia?
-Es fácil, vos estás regido obsesivamente por un principio básico, tendrías que hacer alguna consulta alguna vez…
-¿Y cuál ese principio?-preguntó Eduardo intentando parecer irónico y superado.
-Control, te aterroriza todo lo que no podés encuadrar en un marco bien definido.
-¿No exagerás un poco?
-¿Para qué me convocaste, entonces?
-La convocatoria no ha sido personal pero pensé que este ámbito era el más apropiado…
-Te escucho.
Eduardo se sentó frente a Pablo, tomo un cigarro de la caja y lo retuvo entre los dedos índice y medio de la mano derecha, y lo apuntó hacia Pablo.-El asunto es tu obra…
-Por ay cantaba Garay.
-La cuestión es grave, a pesar de tu incapacidad infantil para admitirlo; no podemos admitir que continúen las representaciones…
-Ah, ¿no?, ¿y se puede saber por qué?
-Si no lo sabés es mejor que no enteres. –explicó Eduardo disfrutando el momento, tanto que hasta se atrevió a encender el puro.
-Así será, entonces… ya encontrarán otra forma –aceptó con tranquilidad Pablo y se puso de pie dispuesto a dejar el lugar.
-¿Quiénes encontrarán?
-Te cito: “Si no lo sabés es mejor que no te enteres”, aunque es una cita falsa, sé muy bien en qué estás metido.
-Podría obligarte.
-Estoy seguro, podés intentarlo…
Eduardo se encontró de nuevo frente a Tomás, treinta años después y oye-La herencia de Saturno, claro, mi abuelo sabía hacia donde se dirigía Malabrigo y no lo calló.
-De una forma muy vaga…
-Lo suficientemente clara como para que fuera prohibida la obra…
Eduardo se esforzó por sonreír y ordenó a los travestis que bajaran a Tomás del auto.

viernes, 8 de febrero de 2008

16.

Este viejo está loco y yo también, claro. Y cada cosa que se agrega no hace más que aumentar el delirio:¿Qué es eso de que hubo conflictos porque el consumo de carne humana hizo descender el consumo de carne vacuna y los productores agropecuarios iniciaron un lockout que fue solucionado cuando el gobierno anunció una baja en las retenciones a la exportación?
-Sugiero que entremos–dijo el viejo-¿Tiene plata para la entrada?
-¿Tenemos que entrar?
-Es un lugar al que la policía no acude, puede considerarla una zona liberada…
Tomás se acercó a la ventanilla; una chica delgada con pelo teñido de verde, delgada y de ojos saltones, le sonrió seductora, tomó los billetes y le entregó dos entradas.
Se acercaron a la entrada y un hombre pálido, calvo y gigantesco tomó los boletos, los partió, les entregó la mitad y explicó-Consérvelos, con estos tiene una consumición acreditada.
-Gracias.
-Por aquí.
Descendieron por una escalera de caracol apenas iluminada por apliques que simulaban antorchas y difundían una luminosidad anaranjada; a medida que avanzaban el volumen de la música, un techno frenético aumentaba. El corredor se convirtió en una habitación ancha recorrida velozmente por potentes reflectores que iluminaban a los asistentes y sus actividades diversas: chicas desnudas bailando sobre los parlantes, parejas copulando, travestis jugando al poker, un grupo de enmascarados que parecían jugar a la ruleta rusa, etc.
-Un lugar divertido. –comentó Tomás esforzándose por hacerse oír.
-Este es el lugar de la falsa libertad, muchacho, pero vamos, tratemos de encontrar algún rincón apartado de los parlantes.
Atravesaron el centro del lugar y encontraron una mesa libre detrás de una columna de parlantes, cuando los ojos de Tomás se acostumbraron a la luz del lugar notó que detrás de la mesa yacían algunos parroquianos.
-Acá podremos estar tranquilos un rato –dijo Eduardo mientras encendía un cigarrillo.
-¿No les parece que es el lugar más evidente para buscarnos?
-No lo harán, muchacho, créame.
-¿Puedo pedirle algo?
-Sí, claro.
-No me llame muchacho, soy una persona mayor, tengo una hija…
-Perdóneme, no tuve intención de ser condescendiente.
-Está bien.
-Ahora tenemos que pensar qué hacemos para hacerlo llegar hasta su embajada… no será fácil… todo el sistema de seguridad está tras usted…
-Usted no hizo las cosas más fáciles…
-¿Hubiera preferido morir?
Tomás suspiró fastidiado, luego admitió-No, claro que no.
-¿Quiere tomar algo?, tenemos la consumición de la entrada…
-Un whisky.
-Bien, lo acompañaré entonces, ya vengo. –Eduardo se puso de pie y caminó hacia la barra, varias personas lo saludaron al reconocerlo, Tomás infirió que era un cliente habitual. Un personaje con una intencionalidad que no terminaba de exponerse. Una sensación de inminencia lo invadió con ferocidad, la sensación de que algo terrible estaba por ocurrir. Pensar en una catástrofe era redundante, el lugar todo era catastrófico. Tenía que salir de allí y rápido, nada bueno lo esperaba en esa tierra de desquiciados.
Eduardo dejó los vasos sobre la mesa y dijo-Es irlandés, del bueno.
Tomás tomó un trago y asintió en silencio.
Un poco más tarde, fuera de la disco, Tomás creyó recordar que Eduardo había hecho un gesto con la mano derecha y dos travestis se habían abalanzado sobre él, lo habían abrazado con fuerza y le habían tapado la boca; luego lo levantaron y lo obligaron a caminar hacia la salida. Eduardo caminaba adelante para evitar que cualquiera se interpusiera en la marcha.
Fuera del boliche Tomás notó que el frío era más intenso y desde el mar llegaba un viento húmedo, lo condujeron con firmeza hasta un taxi estacionado junto a la vereda y lo hicieron sentar en el asiento trasero entre los dos travestidos; adelante, junto al conductor se ubicó Eduardo y cuando el automóvil se puso en marcha se volvió hacia él y explicó-Tendrá que disculparme, muchacho, pero el irlandés tenía hierbas relajantes…
-La puta que lo parió. –consiguió decir Tomás y se inclinó hacia delante, pero sus guardias estaban atentos y lo inmovilizaron de inmediato, el que viajaba a la derecha le dio un beso en la mejilla y le pidió que se calmara. No fue el contacto con ese rostro que necesitaba urgentemente una afeitada lo que lo tranquilizó sino la percepción distorsionada de las calles: los objetos se transparentaban y perdían los contornos, adquiriendo formas difusas y erráticas.
-Ay, pobre, chico, parece que le pegó fuerte la datura.
Tomás se encontró en un rincón de un cuarto en penumbras y vio como dos hombres y dos mujeres desnudas con las cabezas cubiertas por capuchas carmesíes se acercaban a una mesa cubierta con un lienzo de terciopelo rojo bajo el que se adivinaba un cuerpo humano pequeño. El cuerpo de un niño, sin duda el cuerpo de Alicia supo con horrorizada certeza; intentó gritar pero no pudo, intentó correr pero sus pies estaban adheridos al piso. Una de las mujeres comenzó a descubrir el cuerpo yaciente corriendo el lienzo desde los pies hacia arriba y un hombre se acercó con una cuchilla dispuesto a hacer el primer corte; los pies de la niña se movieron, su hija aún estaba viva. Y por un instante que le pareció eterno el universo fue angustia y dolor.
Una sombra extinguió a los comensales y aniquiló la escena; se encontró en el taxi consciente de una presencia que no pudo poner en palabras, que lo confortaba y le daba seguridad.
-Hola. –lo saludó el travesti que lo había besado.
-Parece que no era tan fuerte el irlandés. –dijo Tomás.
-Parece que no para usted. –admitió Eduardo observándolo con atención.
-Creo que me ha subestimado.
-No exactamente, sólo lo estaba probando y me da gusta saber que no he perdido el tiempo…

15.

Documento VI.

“(…) La incapacidad de adaptación al medio es un síntoma típicamente adolescente, la comisión de evaluaciones fue contundente en demostrar ese aspecto de mi conducta. Las frecuencias de onda de mi cerebro son demasiado irregulares como para ser orientadas por los parámetros de los forjadores de máscaras diseñados hasta el presente y me niego a la antropofagia; tal vez mi destino sea ya la muerte voluntaria y la conversión en ofrenda ritual. Sólo pueden salvarme los espectros y el caos final… “

Nota encontrada en un alcantarillado público, Malabrigo, 1986.













6.
Vida cotidiana 2.

Irma encendió la luz y cerró la puerta, se quitó el auricular del oído derecho y el cinturón del que pendía la pequeña caja plateada. Recordó al tipo que en el bar le había preguntado sobre los problemas de audición; seguramente un extranjero, alguien incapaz de imaginar lo que se estaba jugando en el país. Pero, ¿qué se estaba jugando?, fuera lo que fuera ella no lo sabía. Tenía apenas veintidós años pero desde que tenía memoria escuchaba decir que las máscaras eran sólo una solución temporal al problema de fondo y cuando cumpliera los treinta podría acceder a una solución definitiva.
.Caminó hasta la cocina, llenó la pava con agua, la dejó sobre la hornalla y encendió el fuego con un fósforo. ¿Cómo sería vivir en un lugar donde las máscaras no fueran necesarias? De vez en cuando se hacía esa pregunta, a pesar de que no ignoraba que era el síntoma de un pensamiento muy próximo a la traición, y nunca había podido imaginar con claridad una situación alternativa.
Encendió el televisor: un auto policial detenido en una calle arbolada, una ambulancia, hombres con ambos blancos del sistema de Sanidad manipulando una camilla que cargaba un cuerpo cubierto por una sábana blanca, policías caminando en torno de la escena, primer plano de un cronista que micrófono en mano explicó: “Escasos minutos atrás una comisión policial concurrió hasta aquí por denuncia de vecinos y descubrieron un terrible hecho que enluta a toda la nación, algo que no ocurría desde los años de la Refundación: el asesinato a sangre fría de dos servidores del Orden.”
Apagó el televisor fastidiada, la pava comenzó a silbar, apagó la hornalla, sacó un taza del armario, la apoyó sobre la mesada y le puso un saquito de té; vertió el agua hirviente y se demoró unos segundos viendo como el líquido adquiría una tonalidad violácea apenas desvaída por el vapor emergente.
Sonó el teléfono, lo descolgó del soporte en la pared y atendió: Mario. Sabía que era peligroso mantener una conversación con él sin la máscara; pidió que la disculpara un momento, caminó hasta el living, se puso la máscara y tomó el teléfono inalámbrico.
Mantuvo una actitud interesada y afectuosa durante toda la conversación aunque con la habilidad necesaria para evadir los intentos de Mario por comprometerla a fijar una fecha para el matrimonio. Argumentó que pasaba por una situación laboral tensa y estaba preocupada por la inestabilidad psíquica que había demostrado su madre en las últimas semanas.
Cortó la comunicación con una despedida cariñosa, se quitó el auricular, volvió a la cocina y bebió un sorbo del té que ya estaba tibio. Era cierta la preocupación por su madre y específicamente por el alcoholismo que profesaba con devoción, y tenía bien claro que el whisky no era más que una máscara química. La entendía, claro que la entendía pero no podía soportar su proximidad por mucho tiempo. Sospechaba que la pena que experimentaba su madre por el hijo suicidado no era más que una excusa para evadir toda responsabilidad hacia otros. Y entre esos otros estaba ella, claro.
Lavó la taza y la puso a escurrir a un lado de la pileta, se puso una campera y salió. Apretó el botón del ascensor, la abrumó el silencio que dominaba el edificio, como si sus habitantes hubieran coincidido en la quietud, o en la muerte pensó estremeciéndose. Subió al ascensor y marcó la planta baja; cuando salió la alivió un poco oír los motores de los autos en la avenida.
El aire marino le trajo nostalgia de un lugar que había entrevisto en sueños y se reconvino diciéndose que era una sensación peligrosa; la indisciplina mental sólo podía traerle dificultades. Caminó una cuadra hacia el océano y se detuvo frente a un local que se anunciaba como “Taller-Mecánica General-“, golpeó tres veces con los nudillos de la mano derecha en la cortina metálica. Al cabo de unos minutos se abrió una pequeña puerta metálica en la cortina y asomó la cabeza una mujer rubia-Ah, sos vos, pasá, hace un rato estábamos hablando de vos.
-Disculpame, sé que es un poco tarde.
-No, para nada, pasá.
Irma entró por la pequeña abertura y siguió a Marta al interior del local; caminaron entre dos hileras de autos parcialmente desarmados a través del olor a nafta, grasa y aceite. Salieron del taller y siguieron por un corto pasillo hasta una cocina amplia y bien iluminada, sentado a la mesa estaba un hombre de largo cabello negro veteado de canas, ante él había una pava y un mate; sonrió y saludó a Irma-Qué bueno que viniste, hace un ratito hablábamos de vos…
-Ya le dije.
-Me siento importante –dijo Irma, se sentó y agarró el mate que le había alcanzado Cacho.
-Sos importante –aseguró Marta.
Irma sintió la mirada atenta de Cacho sobre ella y permaneció en silencio.
-¿Estás bien? –le preguntó Marta.
-No –se animó a decir.
-No es raro –dijo Cacho-no tenés la máscara puesta.
Lo miró molesta-Sé que ustedes nunca las necesitaron.
Marta y Cacho se miraron fugazmente, Marta preguntó-¿Cómo lo sabés?
-Vi que las usaban pero nunca estuvieron activas, no me pregunten cómo lo sé pero lo sé, cuando estoy en contacto con los que las usan percibo la vibración y nunca me pasó con ustedes. Hoy en el bar atendí a un extranjero que creyó que el auricular era un audífono; era un tipo raro, me dio la impresión de que algo o alguien estaba con él, como me pasa algunas veces cuando me quito la máscara, entonces pensé en ustedes.
Cacho chupó con fuerza el mate y volvió a buscar la mirada de su compañera, luego dijo-Tal vez te subestimamos.
-No, no creo; sé que ustedes saben cosas que desconozco y ese conocimiento no es gratuito…
Cacho y Marta la miraron expectantes.
-No tuvieron hijos… creo que es parte del precio que están pagando… mi madre, a su manera, también lo está pagando… no sé más que eso pero también sé que ya no soporto seguir así…
Cacho dijo-Es tiempo de que sepas más entonces… -e Irma no supo si el tono fue de resignación o de esperanza.

miércoles, 6 de febrero de 2008

14.

Documento IV

“(…) lo planteado es sólo una radicalización de la metodología aplicada en la confección de las máscaras; no se aprecia una diferenciación cualitativa sino la profundización de un procedimiento que tiende a la prevención de la psicosis generada por la persistencia de la anomalía. En tanto esta se presenta como una manifestación de entidades relacionadas directamente con la extinción física y la negación a aceptarla como un hecho propio de la experiencia humana, el mencionado procedimiento se propone como una forma de reforzar la consciencia del sujeto en la mera constitución física-y por tanto extinguible-de todo individuo. (…)”
Fragmento del acta de la sesión del Consejo de Crisis, Malabrigo, 21 de Septiembre de 1962.

Documento V

“(…)En la mayoría de las culturas primitivas se considera a la antropofagia ritual como una forma de adquirir las propiedades morales o espirituales del enemigo sacrificado; no es ese el propósito que justifica u origina esa práctica en Malabrigo sino lo contrario. La motivación malabriguense es el desprecio por el suicida; el que come se satisface en el cuerpo pero también en la derrota de la víctima, satisfaciendo así su innata tendencia predatoria. (…)”

Fragmento de Malabrigo Socialista, panfleto sin fecha.
























5.
Vida cotidiana

La despertó Francisco con un beso suave-Arriba, dormilona, que ya te preparé el desayuno.
Abrió los ojos y vio la luz dorada que atravesaba las cortinas y caía sobre el cobertor, movió un pie y se demoró observando como la luz variaba sutilmente sobre la cama. Experimentaba una languidez a la que estaba segura no era ajeno el ritual que se celebraría al atardecer; siempre y cuando ella mantuviera la voluntad de llevarlo a cabo.
Las máscaras ya se habían agotado para ella y el psiquiatra había aconsejado el paso definitivo; ya había pasado la edad mínima requerida (treinta años), Francisco estaba de acuerdo y ella sabía que era lo indicado, pero aún así no había podido vencer del todo el temor y la repugnancia.
-Vamos, nena, que se enfría el café.
Se levantó, se puso una bata, pasó por el baño y fue a la cocina; Francisco se había esmerado y había dispuesto una prolija mesa con café, leche, jugo de naranjas, manteca, mermelada, medialunas y pan tostado.
-¿Es por lo de la tarde, no?
-Sí, pero también por lo mucho que te debo…
Se acercó a Francisco, tomó su mentón con la mano derecha y lo besó largamente. Los interrumpió el pequeño Fernando que reclamaba su yogurt.
-Ya va, ya va, pero también vas a tener que tomar la leche y comer algo antes de ir a la escuela.
Mientras observaba desayunar a su hijo que charlaba animadamente con Francisco pensó que ese momento y sus perspectivas justificaban lo que ocurriría cuando llegara la noche; tenía un matrimonio que si bien ya había dejado atrás la pasión de los primeros años se mantenía firme, un hijo saludable e inteligente y una posición económica que mejoraba año a año. Nada podía poner en peligro esos logros.
Luego de desayunar, despidió a Francisco que marchó a su estudio, llevó a Fernando a la escuela, entró con él, lo despidió en la puerta del aula y caminó hasta la sala donde se realizaba la asamblea mensual de la Asociación de Padres. Luego de una discusión que le pareció interminable consiguió que se aprobaran dos de sus propuestas y que se asignaran los fondos para ponerlas en práctica. Se despidió de todos y en un café se encontró con una amiga a la que había prometido acompañar para recorrer casas de moda a fin de ver diferentes diseños de vestidos de novia. Pasaron lo que quedaba de la mañana abocadas a esta tarea, almorzaron y continuaron la recorrida; se despidió a las cinco arguyendo que tenía que volver a casa para recibir a Fernando aunque habían acordado con Francisco que él lo pasaría a buscar por la escuela y lo llevaría al cine.
Sentada a la mesa de la cocina bebió un té amargo y repitió mentalmente la oración prescrita, sonó el teléfono, atendió y una voz masculina anunció-Ya es tiempo.
Se dijo que ya no podía echarse atrás sin convencerse del todo.
Condujo hasta las afueras de la ciudad y detuvo el auto frente a un chalet de dos plantas con techo de pizarra negra y paredes cubiertas por una enredadera lozana. Caminó hasta la puerta y llamó, la recibió un hombre alto y delgado vestido con un traje gris que sin decir una palabra la condujo hasta un pequeño cuarto de paredes blancas amoblado sólo con una mesa y tres sillas; el hombre dijo-Espere aquí. –y salió de la habitación por una puerta ubicada en el extremo opuesto de la habitación. Esperó unos segundos inmovilizada por la ansiedad y el temor, entonces por donde había salido el hombre entró una anciana delgada y vestida con una toga púrpura que le ordenó con voz firme que se desnudara. Dudó y la mujer pareció comprenderla porque se volvió hacia la mesa donde ahora había un porrón de cerámica y una copa de cristal, llenó la copa con un líquido oscuro y brillante y se la ofreció-Esto te ayudará.
Tomó la copa y notó que su pulso no era firme, bebió el contenido de un trago y sintió que un fuego amargo la recorría y llegaba velozmente a su consciencia.
Comenzó a desvestirse, se quitó las botas, las medias, la camisa y la pollera y las dejó sobre una silla.
-Todo –ordenó la mujer impasible.
Desprendió los broches del corpiño, se lo quitó y lo dejó sobre la mesa; los pezones se le endurecieron en el frío de la habitación y cruzó los brazos sobre el pecho.
-Todo –insistió la otra.
Llevó los dedos hasta el borde del elástico de la bombacha y allí los detuvo.
-Nadie te obliga, pero no estás dispuesta deberás retirarte ahora y para siempre.
El terror y la desesperación la marearon, trastabilló por unos segundos y se apoyó en la mesa, cuando consiguió recuperar el equilibrio se desnudó.
La mujer se acercó y la contempló admirativamente, tomó las ropas y dijo-Seguime.
Pasaron a otra habitación iluminada por una lámpara de pie, sobre una pared había un sofá de terciopelo negro; la anfitriona indicó-Recostate en el sofá y sé receptiva.
Se recostó, apoyó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos y trató de relajarse mientras repetía el mantra que le había sido asignado. Sintió unas manos cálidas que le separaban los muslos, ante ella un hombre encapuchado y desnudo se disponía a penetrarla.
-No.
-Es la única forma. –dijo el hombre.
-No.
-Es la única forma –repitió el hombre moviéndose con lentitud; comenzó a llorar en silencio y trató de olvidarse, intentando descartar los destellos de placer que se iniciaban.
El hombre se retiró satisfecho, se puso de pie y le alcanzó una copa del mismo licor que había bebido en la antesala-Esto te ayudará.
Se sentó en el sofá, tomó la copa y la vació de un trago. Un deseo como nunca había experimentado la encendió entera, suspiró y el hombre sonrió-Veo que vas comprendiendo –se volvió hacia la puerta y anunció-Señores, pueden entrar.
Tres hombres desnudos y encapuchados ingresaron en la habitación y copuló con cada uno de ellos, luego el primer hombre la ayudó a ponerse de pie y dijo-Has dado el primer paso para volver a nacer y ser toda de Malabrigo; ahora acompañanos –la tomó del antebrazo derecho y la condujo hacia una habitación contigua: un cubo iluminado por tubos fluorescentes que iluminaban una cama alta cubierta por un lienzo púrpura. El hombre la ubicó a un lado del lecho, los otros se situaron alrededor.
-Es tiempo de que seas una con Malabrigo, ¿Estás dispuesta a dar el paso?
-Sí, estoy dispuesta
-Procedan.
Un hombre quitó el lienzo y descubrió el cuerpo desnudo de un hombre joven, un oficiante deslizó la hoja de un cuchillo de acero sobre el muslo izquierdo del cadáver y cortó una tira de carne, luego se la ofreció al hombre que estaba parado junto a ella.
-Sea esta comunión el pacto que selle tu alianza definitiva con Malabrigo –dijo el hombre llevando la carne a la boca de la novicia.
Mordió la carne y tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir la náusea; masticó, trago y casi de inmediato experimento un hambre feroz que la impulsaba a devorar cada milímetro de ese cuerpo vencido.
A la mañana siguiente se despertó renovada, con una alegría y un entusiasmo que no experimentaba desde la infancia. No pudo oír a Francisco caminando por la casa y recordó que había ido más temprano a la oficina porque tenía que preparar los documentos contables para una inspección fiscal.
Mientras tomaba un café sentada a la mesa de la cocina pensó que había que mandar las cortinas al lavadero, era impresionante lo rápido que juntaban polvo; el gobierno decía que la polución ambiental había disminuido pero sus cortinas decían otra cosa.
Fernando entró en la cocina y en lugar de reclamar por el yogur se quedó mirándola extrañado, como si no la reconociera. Pensó que ya era tiempo de que su hijo se iniciara en el uso de una máscara infantil.

martes, 5 de febrero de 2008

13.

Eduardo volvió a llenar las copas y pareció tomar valor para iniciar una explicación que no quería dar, entonces vio las luces rojas de un patrullero a través de los vidrios mugrientos del bar, se puso de pie con violencia y desplazó un poco la mesa, dijo-Vamos, tenemos que irnos.
Tomás vio como el porrón se tambaleaba buscando restablecer su equilibrio variando entre varias tonalidades y formas hasta recuperar su definición primitiva, entonces comenzó a empequeñecerse, manoteó el sobre que guardaba el cuaderno. Eduardo lo había tomado del antebrazo y lo arrastraba con insólita fuerza hacia la barra; el encargado levantó un extremo y Eduardo lo condujo hasta una cocina diminuta. Entonces puso preguntar-¿Qué pasa?
-No es casualidad que la policía esté aquí, seguime.
Eduardo tomó una llave que pendía de un gancho en la pared y la introdujo en la cerradura, la giró y abrió la puerta; salieron a un jardín delimitado por paredes bajas. La luz del alumbrado público destacaba la silueta de los árboles y plantas; la noche era húmeda y una niebla liviana flotaba en el aire, de fondo se escuchaban los motores de los vehículos que circulaban por la avenida. Tomás se sintió mareado por el frío y trastabilló.
-Vamos, muchacho, no se me caiga ahora, por allá –dijo Eduardo señalando la pared de la izquierda- tenemos que saltar –se aferró del borde superior de la pared y con un solo impulso consiguió montar la pierna derecha sobre el borde; paso las dos piernas del otro lado y saltó.
Tomás plegó el sobre, se lo puso en el bolsillo de la campera e intentó repetir el procedimiento de Eduardo, notó avergonzado que su estado físico no era tan bueno como el del viejo (o al menos su habilidad para saltar paredes). De todos modos al cabo de tres intentos consiguió elevarse y saltar del otro lado. –¿Y ahora? –preguntó frotándose las manos raspadas.
-Ahora intentaremos alejarnos escondiéndonos en la sombra de los árboles.
Caminaron hacia la esquina en silencio, Tomás notó que la marcha y el miedo disipaban rápidamente los efectos del alcohol. Antes de llegar a la bocacalle Eduardo le hizo una seña para que se detuviera, avanzó solo, se asomó y dijo-Parece despejado, vamos por acá –y se dirigió hacia la izquierda.
-¿Por qué le preocupa tanto la policía?
-Pueden habernos visto juntos y ya saben que no volvió al hotel.
-Nadie me hablo de limitaciones para circular…
-Vamos, muchacho, ahora no se haga el ingenuo.
Tomás debió admitir que Eduardo tenía razón aún cuando sólo la mitad de lo que él creía saber del lugar fuera cierto.
-Tendré que refugiarme en la embajada entonces.
-No creo que tenga que ponerse drástico tan rápidamente.
-Usted sabe que no lo sé.
-Lo sé, y de eso se trata, de lo que usted esté dispuesto a arriesgar para saber Más; ¿usted es periodista, no?
-No arriesgo demasiado en mi profesión, soy periodista de espectáculos…
-Es cierto, no arriesga mucho, ¿cuál es su especialidad?
-Cine y teatro.
-Y nunca había leído una obra de su abuelo…
-No.
-Esta noche puedo hacer que sepa más de su abuelo y de Malabrigo si se anima a correr el riesgo…
Antes de que Tomás pudiera decidir sobre la propuesta oyeron una sirena que se acercaba y el haz de un reflector barrió la calle buscándolos.
-Atrás del árbol, atrás del árbol! –gritó Eduardo y Tomás vio aturdido cómo se abría el saco y sacaba un revolver, oyó el sonido de un motor que se acercaba y vio que un patrullero se detenía, dos agentes bajaban del auto y los apuntaban. Pensó en Alicia y en la posibilidad de no verla de nuevo y el miedo fue reemplazado por una indignación rotunda. Estaba harto de ese lugar maldito. Comenzó a caminar decidido hacia el auto.
-¿Qué hace, está loco?, Cúbrase, no sea idiota, ¡cúbrase! –gritó Eduardo con desesperación.
Vio como un agente fijaba su mira en él y se aprestaba a disparar, luego fue arrojado con violencia hacia la derecha, oyó el silbido del proyectil y el estruendo de la explosión. Luego dos relámpagos y dos explosiones a la izquierda; uno de los agentes cayó tomándose el pecho y el otro corrió para refugiarse en el auto.
Eduardo volvió a disparar y los cristales del lado del conductor estallaron, el auto avanzó apenas y se detuvo con el motor aún en marcha.
-¿Qué hizo? –preguntó Tomás con voz débil.
-Terminé con dos asesinos –explicó con tranquilidad Eduardo al tiempo que recargaba el tambor del arma con municiones que había sacado del bolsillo del saco -Mejor que salgamos de aquí rápido.
-¿A dónde?
-Si llegamos a la avenida y conseguimos un taxi podremos evadir a la policía. La conmoción cuando encuentren a estos dos los va a tener paralizados un buen rato.

lunes, 4 de febrero de 2008

12.

Oyeron el motor de un avión sobre ellos y vieron su destello plateado en el aire claro de la mañana.
-Parece que ahora están apurados –dijo Ojeda.
-Por ahí tiene que ver con cómo van las cosas en el Oeste.
Vieron como el pequeño aparato volaba sobre la posición que debían tomar, giraba y volvía a sobrevolarla.
-Al menos el piloto parece un tipo responsable –dijo Bracco.
Observaron el avión evolucionar hasta que volvió a pasar sobre ellos y se alejó hacia la retaguardia; un soldado se acercó, los saludó y dijo-El observador aéreo informa que no hay presencia enemiga en la posición pero que hay movimiento de vehículos enemigos hacia aquí a aproximadamente veinte kilómetros.
-Ya me imaginaba yo que no podía ser tan sencillo.
-Vamos, Ojeda, tomemos esa colina y después veremos.
La mañana era fresca, y a pesar de la batalla del día anterior, podían verse matas de flores silvestres, tréboles y cardos mojados por el rocío entre los desniveles producidos por las explosiones y de vez en cuando el canto de un jilguero se colaba entre el sonido de la máquina de guerra que avanzaba; percepciones que contrastaban con la imagen y el hedor de los tanques calcinados y los cadáveres abundantes y no siempre enteros.
Al cabo de media hora de marcha el jefe del primer pelotón alzó su mano derecha para indicar que el lugar estaba libre de enemigos, entonces el resto de la tropa inició el ascenso.
Bracco le pidió al radio operador que lo comunicara con el coronel Fuentes y le informó que el objetivo había sido tomado y que el enemigo avanzaba hacia allí. Hubo un silencio en la línea y Fuentes dijo-Capitán, tendrá que mantenerse en la posición hasta que reciba refuerzos.
-¿Cuánto tiempo?
-Ya se lo dije, el que sea necesario.
-Comprendido.
Bracco cortó la comunicación y se quedó inmóvil, luego ordenó a un soldado que convocara a los oficiales y suboficiales, cuando estuvieron reunidos les contó la orden recibida y continuó-Mantener la defensa en un solo punto sin saber cuándo recibiremos refuerzos es para mí una táctica suicida.
-¿Qué propone entonces, capitán? –preguntó un joven teniente que había llegado después de la batalla.
Bracco lo miró con atención preguntándose cuánto tiempo de vida le quedaba al entusiasta muchacho y explicó-Organizaremos una defensa escalonada a lo largo de la ruta que tenga como punto final esta colina, intercalaremos pelotones con fusiles, ametralladoras y antitanques que puedan generar fuegos cruzados y que, a medida que sean superados puedan replegarse hasta aquí.
Asignó la ubicación de los pelotones, de los refugios en la colina y caminó con los soldados a cargo de los morteros hasta encontrar el lugar más adecuado para ubicarlos. Desde allí dominaban visualmente el camino, una cinta de pavimento que se extendía en forma más o menos rectilínea por unos ciento cincuenta metros hasta desaparecer en una brusca curva a la derecha, a los costados aparecían pinos y eucaliptos que llegaban muy cerca del pavimento y daban la sensación de invadirlo unos metros antes de la curva.
Le preguntó al suboficial a cargo de la sección de morteros si podía hacer blanco en el punto en el que los árboles avanzaban; el hombre observó el lugar, resopló y dijo-Claro que podemos, pero esa zona está muy cerca del primer pelotón.
-Tendremos que correr el riesgo, el primer pelotón es el que mejor cubierta tiene, si ellos son sobrepasados no aguantaremos demasiado…
Luego la espera, recorrió la posición, habló con los soldados, ironizó con Ojeda sobre la situación ante la mirada sorprendida de los oficiales más jóvenes y cuando ascendía hacia los morteros oyó el tableteo de las ametralladoras pesadas del primer pelotón; corrió hasta el puesto y se volvió hacia el camino. Un grupo de tanques apoyado por tiradores había tomado la recta y el puesto más adelantado de la defensa hacia fuego sobre ellos.
Un mortero disparó y la granada cayó entre los atacantes y los defensores, Bracco gritó-Mayor distancia, mayor distancia, carajo!
Los servidores ajustaron el ángulo de tiro y esta vez batieron el terreno donde avanzaba el enemigo; dos tanques se detuvieron obstruyendo el paso y el tercero giró su torreta tratando de hacer puntería sobre el primer pelotón. La explosión levantó una nube de humo y polvo y un gran eucalipto cayó incendiándose sobre el camino, un grupo de hombres salió de entre la vegetación y corrió retrocediendo, el cañón volvió a girar buscándolos.
Un poco más de una hora después había tres tanques destrozados en el camino pero los primeros pelotones de defensa se habían replegado a la posición del tercero y recibían fuego intenso de ametralladoras; Bracco reservaba la munición de los morteros ante la posibilidad de un nuevo avance de blindados.
Graduó los prismáticos para intentar ubicar con exactitud la posición enemiga, pero fue inútil, estaban más allá de la curva y sólo podía especular sobre su ubicación siguiendo el recorrido rojizo de las trazadoras que eran disparadas sobre sus hombres. Observó a un suboficial que estaba fumando en silencio sentado sobre una caja de municiones con expresión pensativa y se preguntó en qué podía estar pensando y se le ocurrió que la vida de todos ellos estaba entre paréntesis, suspendida en tanto el mecanismo en el que estaban insertos no se moviera.
-Capitán.
Se volvió y vio a Ojeda juntó a él -¿Cómo está, sargento?
-Bien teniendo en cuentas las circunstancias.
-¿Novedades de la brigada?
-Exigieron silencio de radio por las próximas dos horas.
-Ah, bien. –Bracco sacó un cigarrillo del bolsillo de la chaquetilla y lo encendió, exhaló el humo de la primera pitada y dijo-Dos horas…
-No es mucho tiempo.
-O es demasiado.
-¿Usted cree que para los ciegos el tiempo transcurre igual que para nosotros?
Bracco rió durante unos segundos y dijo-Ojeda, a veces exagera la sutileza…

-Pocos de esos infelices sobrevivieron –explicó Eduardo con amargura- fueron ofrecidos como prenda de paz por Malabrigo.
-¿Por qué?
-Hubo presiones internacionales, dos compañías petroleras amenazaron con retirar sus inversiones y Azuria exigió una reparación para restablecer el equilibrio bélico…
-¿Qué pasó entonces?
-El gobierno dio la posición exacta de ese destacamento, su logística y poder de fuego… después, claro, los declararon héroes nacionales e instauraron un fecha oficial para conmemorarlos. El coronel Fuentes se suicidó casi de inmediato, no supo que estaba iniciando una tendencia…
-Y usted cree que así comenzó todo…
-No, creo que lo que te conté fue solo el rebrote de algo que estuvo presente desde los inicios…
-¿Qué es Malabrigo?