martes, 5 de febrero de 2008

13.

Eduardo volvió a llenar las copas y pareció tomar valor para iniciar una explicación que no quería dar, entonces vio las luces rojas de un patrullero a través de los vidrios mugrientos del bar, se puso de pie con violencia y desplazó un poco la mesa, dijo-Vamos, tenemos que irnos.
Tomás vio como el porrón se tambaleaba buscando restablecer su equilibrio variando entre varias tonalidades y formas hasta recuperar su definición primitiva, entonces comenzó a empequeñecerse, manoteó el sobre que guardaba el cuaderno. Eduardo lo había tomado del antebrazo y lo arrastraba con insólita fuerza hacia la barra; el encargado levantó un extremo y Eduardo lo condujo hasta una cocina diminuta. Entonces puso preguntar-¿Qué pasa?
-No es casualidad que la policía esté aquí, seguime.
Eduardo tomó una llave que pendía de un gancho en la pared y la introdujo en la cerradura, la giró y abrió la puerta; salieron a un jardín delimitado por paredes bajas. La luz del alumbrado público destacaba la silueta de los árboles y plantas; la noche era húmeda y una niebla liviana flotaba en el aire, de fondo se escuchaban los motores de los vehículos que circulaban por la avenida. Tomás se sintió mareado por el frío y trastabilló.
-Vamos, muchacho, no se me caiga ahora, por allá –dijo Eduardo señalando la pared de la izquierda- tenemos que saltar –se aferró del borde superior de la pared y con un solo impulso consiguió montar la pierna derecha sobre el borde; paso las dos piernas del otro lado y saltó.
Tomás plegó el sobre, se lo puso en el bolsillo de la campera e intentó repetir el procedimiento de Eduardo, notó avergonzado que su estado físico no era tan bueno como el del viejo (o al menos su habilidad para saltar paredes). De todos modos al cabo de tres intentos consiguió elevarse y saltar del otro lado. –¿Y ahora? –preguntó frotándose las manos raspadas.
-Ahora intentaremos alejarnos escondiéndonos en la sombra de los árboles.
Caminaron hacia la esquina en silencio, Tomás notó que la marcha y el miedo disipaban rápidamente los efectos del alcohol. Antes de llegar a la bocacalle Eduardo le hizo una seña para que se detuviera, avanzó solo, se asomó y dijo-Parece despejado, vamos por acá –y se dirigió hacia la izquierda.
-¿Por qué le preocupa tanto la policía?
-Pueden habernos visto juntos y ya saben que no volvió al hotel.
-Nadie me hablo de limitaciones para circular…
-Vamos, muchacho, ahora no se haga el ingenuo.
Tomás debió admitir que Eduardo tenía razón aún cuando sólo la mitad de lo que él creía saber del lugar fuera cierto.
-Tendré que refugiarme en la embajada entonces.
-No creo que tenga que ponerse drástico tan rápidamente.
-Usted sabe que no lo sé.
-Lo sé, y de eso se trata, de lo que usted esté dispuesto a arriesgar para saber Más; ¿usted es periodista, no?
-No arriesgo demasiado en mi profesión, soy periodista de espectáculos…
-Es cierto, no arriesga mucho, ¿cuál es su especialidad?
-Cine y teatro.
-Y nunca había leído una obra de su abuelo…
-No.
-Esta noche puedo hacer que sepa más de su abuelo y de Malabrigo si se anima a correr el riesgo…
Antes de que Tomás pudiera decidir sobre la propuesta oyeron una sirena que se acercaba y el haz de un reflector barrió la calle buscándolos.
-Atrás del árbol, atrás del árbol! –gritó Eduardo y Tomás vio aturdido cómo se abría el saco y sacaba un revolver, oyó el sonido de un motor que se acercaba y vio que un patrullero se detenía, dos agentes bajaban del auto y los apuntaban. Pensó en Alicia y en la posibilidad de no verla de nuevo y el miedo fue reemplazado por una indignación rotunda. Estaba harto de ese lugar maldito. Comenzó a caminar decidido hacia el auto.
-¿Qué hace, está loco?, Cúbrase, no sea idiota, ¡cúbrase! –gritó Eduardo con desesperación.
Vio como un agente fijaba su mira en él y se aprestaba a disparar, luego fue arrojado con violencia hacia la derecha, oyó el silbido del proyectil y el estruendo de la explosión. Luego dos relámpagos y dos explosiones a la izquierda; uno de los agentes cayó tomándose el pecho y el otro corrió para refugiarse en el auto.
Eduardo volvió a disparar y los cristales del lado del conductor estallaron, el auto avanzó apenas y se detuvo con el motor aún en marcha.
-¿Qué hizo? –preguntó Tomás con voz débil.
-Terminé con dos asesinos –explicó con tranquilidad Eduardo al tiempo que recargaba el tambor del arma con municiones que había sacado del bolsillo del saco -Mejor que salgamos de aquí rápido.
-¿A dónde?
-Si llegamos a la avenida y conseguimos un taxi podremos evadir a la policía. La conmoción cuando encuentren a estos dos los va a tener paralizados un buen rato.

No hay comentarios: